UniGuajira no es una fachada y Kaloy no es un alias.
PENSAMIENTO CARIBE
miércoles, 30 de septiembre de 2026
domingo, 20 de septiembre de 2026
Presunción de Inocencia del
Rector Robles y el Trato presidencial
Por Armando Pérez Araújo
Empecemos advirtiendo que una
cosa es la inocencia y otra supremamente interesante y valiosa es la
superextendida y nunca bien ponderada presunción
de inocencia. Para el mundo civilizado, la presunción de inocencia es mucho más que una fórmula según la cual
alguien “es inocente hasta que se demuestre lo contrario”. Además, para el
ámbito jurídico en el que algunos nos movemos, dicha prerrogativa
constitucional funciona como derecho
fundamental, regla de trato, regla probatoria y regla de juicio. La norma
superior y punto de partida es el artículo
29 de la Constitución Política que dice que “Toda persona se presume
inocente mientras no se la haya declarado judicialmente culpable.”
Nos interesa ahora referirnos
a la pertinente regla de trato, que
consiste en que mientras no exista una declaración judicial de
responsabilidad en los términos exigidos por el ordenamiento, el Estado no
puede tratar a la persona como culpable, mucho menos el jefe de Estado, agrego.
Esto tiene particular importancia frente a autoridades administrativas,
judiciales y de policía, y también en la comunicación pública de actuaciones
penales o de cualquier naturaleza. El trato altisonante y avergonzante del mandatario
contra el popular rector es lo que ha perturbado la opinión en La Guajira. No
gustó el regaño, por muchas razones, inclusive políticas, independiente de que
el popular Kaloy sea o no sea culpable de los cargos que no se dijeron, a la
hora del juicio que le quepa en cada uno de los procesos respectivos. Recordemos
que, desde el punto de vista procesal,
es decir, como regla probatoria, el rector investigado no tiene que demostrar su inocencia, es al Estado
a quién le corresponde acreditar los presupuestos de la responsabilidad.
Incluso,
el fenómeno de marras ocurre aun, después de una condena que todavía admite un
recurso ordinario o el mecanismo de impugnación de la primera condena, existiendo una declaración judicial adversa,
porque la decisión todavía no es definitiva. Por eso no resulta correcto, en
medio de una gritería, que el jefe de Estado, machaque la presunción de
inocencia de un ciudadano, como ocurrió en la muy bien publicitada fatídica
faena. La propia Corte Constitucional, al respecto, reiteró en 2026 que en
derecho comprende no ser considerado culpable el reo por la autoridad judicial,
mientras no exista sentencia judicial
ejecutoriada y ser tratado como inocente hasta que exista condena en
firme.
El
curtido y penalista presidente debe saber que ni siquiera como regla de juicio
puede sucumbir ese principio constitucional, porque si, una vez practicada y valorada una prueba,
subsiste una duda jurídicamente relevante sobre la responsabilidad penal, opera
entonces el in dubio pro reo, que es una obligación del juez a favor del
acusado.
Para no irnos tan lejos,
recientemente fue expedida la Sentencia
C-035 de 2026 de la Corte Constitucional, del 25 de febrero de 2026,
cuyo Magistrado Ponente fue el doctor Carlos Camargo Assis quien, gracias a que
se le respetó la presunción de inocencia pudo acceder a la magistratura de la Alta
Corte. Aprovechemos para recordar que es inevitable reconocer que el mismísimo
señor Presidente de la República, doctor Abelardo Gabriel De la Espriella Otero,
gracias a la protección de la Presunción de Inocencia, a este derecho
fundamental suyo, en medio de tantos señalamientos que le han llovido por
doquier, seguramente exagerados, presuntamente errados, inequívocamente amañados,
ha podido ascender al trono presidencial y mantenerse hasta ahora incólume.
lunes, 13 de julio de 2026
EL GRAN
ACUERDO NACIONAL, PARTE 2
Por Armando
Pérez Araújo
A pesar de
las aparentemente irreconciliables contradicciones entre el gobierno Petro y el
entrante o, mejor, con ocasión de ellas, deberíamos empezar a edificar los
puentes que servirán de sostén a la plataforma de lo que hemos denominado el
gran acuerdo nacional desde las regiones, advirtiendo que ninguna
región, ningún partido político, ningún gobierno y ningún sector social, por sí
solo, puede construir el futuro de Colombia. Además, deberíamos admitir como
ineludible preámbulo que tendrá que ser indispensable insumo reconocer que
Colombia atraviesa uno de los momentos más decisivos de su historia republicana
y que la polarización política, la desconfianza institucional, la desigualdad
territorial, la creciente distancia entre el Estado y la ciudadanía, incluso,
las reales o virtuales potencialidades de las demandas de nulidad de la
elección del electo mandatario, exigen una profunda respuesta que trascienda
las coyunturas electorales y los subalternos intereses particulares. Es esa
potísima razón por la que proponemos impulsar un Acuerdo Nacional desde las Regiones, entendido como un profundo
proceso plural, democrático y participativo para construir los consensos
fundamentales que permitan fortalecer la unidad de la República, respetando la
diversidad de sus territorios y de su gente, destacando que éste no será un acuerdo
entre adversarios políticos, sino una invitación para que Colombia dialogue
consigo misma.
Algunos de los principios refundadores de esta próxima Colombia indican que somos una sola Nación
construida desde sus regiones, que la unidad nacional no exige
uniformidad, por el contrario, se fortalece cuando reconoce la riqueza
histórica, cultural, económica y social de cada uno de sus territorios. Coincidamos
en que un buen punto de partida será que la dignidad de las personas constituye el fundamento del Estado, lo cual significa
que toda decisión pública deberá orientarse al respeto de la dignidad
humana, la libertad, la igualdad, la justicia y los derechos fundamentales,
destacando que las regiones son protagonistas
del desarrollo nacional y que el país requiere una distribución más
equilibrada del poder político, administrativo y fiscal, que permita a los
territorios participar efectivamente en las decisiones que afectan su presente
y su futuro. Acordemos que la democracia
exige diálogo permanente para que las diferencias políticas sean
legítimas y que la descalificación, la exclusión y la violencia no pueden
sustituir el debate democrático. El
poder debe estar equilibrado y toda democracia necesita pesos y
contrapesos eficaces que impidan la concentración del poder y garanticen la
independencia de las instituciones, el control ciudadano y la transparencia. Concluyamos
que la diversidad es una fortaleza
nacional, que los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes,
el pueblo Rrom, el campesinado, las comunidades urbanas y rurales y todos los
sectores sociales forman parte esencial del proyecto nacional. La justicia territorial constituye una
condición para la paz. No podrá existir una Colombia plenamente
democrática mientras persistan profundas desigualdades entre las regiones. Las futuras generaciones también son
destinatarias del Acuerdo. El desarrollo económico, la protección del
ambiente, la sostenibilidad fiscal y el aprovechamiento responsable de los
recursos naturales deberán armonizarse con los derechos de quienes heredarán el
país. Los consensos fundamentales
pertenecen a Colombia.
El Acuerdo Nacional desde las Regiones no será patrimonio de ningún
gobierno, partido político, movimiento social o líder individual. Pongámonos de
acuerdo para que su edificación permanezca abierta a la participación de todos
los sectores que compartan estos principios democráticos. El diálogo será el método permanente, porque
las reformas que Colombia necesita deberán construirse mediante la
deliberación pública, el respeto mutuo y la búsqueda de consensos amplios, sin
renunciar al pluralismo que caracteriza nuestra democracia.
www.causacolombia.com
martes, 7 de julio de 2026
Gran Acuerdo Nacional Desde las Regiones, por un nuevo equilibrio institucional y territorial
para Colombia. (1)
Por Armando
Pérez Araújo
Partamos de la base de que el Acuerdo
Nacional desde las Regiones que sugiere el título de esta columna y que creemos
que Colombia requiere que se proponga, gestione e impulse, más temprano que
tarde, no debería ser una negociación política cualquiera entre gobierno y
oposición, mucho menos un pulso burocrático entre las migajas que queden de los
anuncios de campaña del nuevo gobierno y las sobrevivientes posturas del saliente.
Más bien, deberíamos estar hablando desde ya, lo más temprano posible, de un
proceso de reconstrucción nacional en
el que gobierno y oposición, o lo que quede de ambos, insisto, funjan como
simples participantes y de ninguna manera controladores o propietarios
exclusivos de contenidos y alcances del pretendido acuerdo reconstructivo, precisamente,
porque los actores nacionales de mayor importancia y legitimidad política
decidieron anticipadamente eludir lo que creyeron que podría ser una reventazón
democrática, abandonando el camino de una Asamblea Nacional Constituyente y encaminándose
por un desbocado lenguaje habitualmente desinteligente.
Coincidimos en que el problema de fondo no es la polarización que suele
presentarse como un conflicto
entre izquierda y derecha, cuando en realidad el verdadero problema es la excesiva concentración del poder en
el Ejecutivo, la repugnante centralización legislativa, administrativa y fiscal,
la debilidad de los mecanismos de control ciudadano, la escasa representación
efectiva de los territorios, la desconfianza creciente en las instituciones y,
en casos emblemáticos, como en el de La Guajira, la total falta de respeto por
la Diversidad Étnica y Cultural y el ninguneo en materia de participación
política. Por esas y otras elementales razones, la búsqueda de un gran acuerdo nacional no sólo debería
contemplar las reglas constitucionales sobre cómo se tiene que distribuir el
poder para evitar que se siga concentrando en familias, clanes o partidos, sino para que los territorios tengan una participación
real en las decisiones nacionales.
A manera de abrebocas, una propuesta seria sobre ese nuevo equilibrio territorial debería
dejar claro el tema de las competencias,
en el sentido de que el llamado Poder Nacional
mantenga las competencias exclusivas
en Defensa, Relaciones Exteriores, Política Monetaria, Grandes
Infraestructuras Estratégicas, Regulación Macroeconómica, configurándose un
nuevo y sólido Poder Regional con competencias reforzadas en Planeación
Territorial, Agua, Energía, Educación Territorial, Salud Territorial y Desarrollo
Productivo Regional, de la misma manera que efectivizar un real Poder Comunitario, especialmente
relevante para pueblos indígenas y afrodescendientes, en los que funcionen a la
perfección El Gobierno Propio, Justicia Propia dentro de los límites constitucionales,
Gestión de sus Recursos Comunitarios y Participación Vinculante en decisiones
que afecten sus territorios.
www.causacolombia.com
jueves, 18 de junio de 2026
Explico mi voto:
Por Armando Pérez Araújo
En primer lugar, reconocer
que sólo hay dos nítidas opciones en el juego electoral del próximo veintiuno
de junio: Cepeda, por un lado, apertrechado con las charreteras de su impecable
y evidente trayectoria de luchador social y político, que constituye su itinerario
y agenda de reconocido Defensor de los Derechos Humanos, asunto que lo hace
diferente e inequívocamente nuestra única convicción electoral, con más veras si
la otra candidatura, de ninguna manera atractiva y coherente, representa absolutamente
todo lo contrario a intereses de negros e indígenas que a lo largo de mi vida
he venido defendiendo y promoviendo. Puedo decir, entonces, que para decidir mi
voto por Cepeda tuve la ventaja de que su contrincante me la puso fácil, toda
vez que su facundia y verborrágica manera de expresarse y mostrar sus
intenciones y programas me reveló y anticipó sus estratégicas y no muy sanas intenciones,
en caso de llegar a ser elegido presidente. El rival de Cepeda, por ejemplo, para
alardear su pensamiento político no tuvo que desgranar públicamente sus
intenciones en auditorios de universidades públicas y privadas colombianas,
tampoco en los del empresariado colombiano o de los sindicatos de los
trabajadores, ni siquiera a través de sus discursos en las audiencias de los tribunales
y cortes del país, tampoco escribir columnas en revistas o periódicos
especializados, para exhibir su vocación entreguista a la más ambiciosa
potencia extranjera, porque sus explícitas y estridentes manifestaciones de adulador
y apologista del poderío norteamericano en sus redes sociales, fueron
suficientes para saber que no estaba a favor de los intereses de la patria
nuestra, sino del lado de los intereses de la patria que él juró defender, los
de la patria gringa, que ni siquiera son los de la patria del pueblo
norteamericano, sino, los de los potentados estadunidenses regidos por los intereses
inferiores de sus transnacionales negocios. Además, el competidor de Cepeda, me
sirvió en bandeja su anuncio y clara amenaza contra el corazón de las minorías
colombianas, cuando en su lenguaje chabacano difundió como una de sus tontas peroratas,
en términos de seguridad pública interna, diciendo que él “no come de negro
ni de indio”, queriendo advertir con ello que él desconoce y rechaza el rutinario
tratamiento constitucional, flexible y democrático que las autoridades
nacionales le han venido otorgando a indígenas y afrodescendientes, en
desarrollo del transversal principio de respeto a la diversidad étnica y
cultural, cuando salen o salgan a las calles a protestar o reclamar por sus
derechos e intereses conculcados. A ciertos
amigos míos, de esos que se las pasan pegados a las redes, sin mayores filtros
éticos e intelectuales, se les ocurrió pretender ensuciar las probabilidades electorales
de Cepeda con las máculas y prontuarios de conspicuos miembros ciertamente cercanos
de su campaña local, incluso, de pretenderlos asociar con la génesis de esa candidatura
presidencial, pretensión de ninguna manera aceptable, inclusive, de querer injustamente
achacárselos al gobierno del presidente Petro. A ellos tuve que pararlos en
seco y explicarles con la mayor facilidad que al gobierno del Presidente Petro,
arribaron buenos y malos, atraídos por una amplia apertura democrática, también
por el amplio abanico de beneficios sociales del primer gobierno de izquierda,
incluso, en gran medida por eso, y también por errores aceptados por el propio
presidente Petro como suyos, como haber montado al curubito del gobierno
nacional a personajes de pésimos antecedentes y dudoso desempeño como la
exministra Cecilia López y el exministro Ocampo, quienes de contera cargan con
el lastre de haber contribuido hace cuarenta años al despojo de tierras del
pueblo wayuu para obsequiárselas ilegalmente a la familia Rockefeller, con la
finalidad de hacer lo que después fue Puerto Bolívar, asunto que dio lugar al
trámite restitutorio de tierras que cursa en el despacho del señor presidente,
dentro de una petición nuestra para corregir ese equívoco, a propósito del
Cierre de Mina justo y ético que defendemos. O, aquélla pifia de haberle
obsequiado ingenuamente a su ministro del interior de entonces, caracterizado
político santista, Prada, la facultad de designar a su gusto gobernador para La
Guajira, para reemplazar al destituido Nemesio, decisión que desarrolló con
esmerado sesgo. Igualmente, no hallé obstáculos para convencer a mi pequeño
grupo de amigos votantes que Petro, ni mucho menos Cepeda, tienen que ver con
la responsabilidad política que probablemente sí le cabe a gran parte de los
dirigentes políticos del departamento por la división local de la izquierda y
algunos temas eminentemente éticos de la política doméstica. Ah, y lo más convincente
y demoledor de mis argumentos fue decirles y explicarles que nada de lo que
decía el adversario de Cepeda contra éste gozaba de la más mínima credibilidad
y, contrario sensu, las afirmaciones del barbilindo, al momento de irse a
verificar resultaban siendo desmentidas por él mismo, por ejemplo, cuando
reconoció no haber nacido en un pueblo campesino del departamento de Córdoba,
sino en una fría clínica del norte de la ciudad de Bogotá. No deseo seguir,
para no meterme en otras honduras, sólo explicar mi voto a la presidencia por
Iván Cepeda y por Ayda Quilcué a la Vicepresidencia.
jueves, 11 de junio de 2026
La Guajira,
11/06/2026
Señora
Rosa Yolanda
Villavicencio Mapy
MINISTRA
DE RELACIONES EXTERIORES
República
de Colombia
BOGOTÁ
D.C.
Asunto:
Derecho de Petición de consulta e información sobre las implicaciones jurídicas
derivadas de la ciudadanía estadounidense atribuida públicamente al señor
Abelardo de la Espriella y su eventual incidencia respecto de la Presidencia de
la República.
Yo, Armando Pérez Araújo, ciudadano colombiano,
identificado como aparece al pie de mi firma, actuando en ejercicio del derecho
fundamental de petición consagrado en el artículo 23 de la Constitución
Política y Ley 1755 de 2015, invocando el interés general de la sociedad
colombiana, respetuosamente me permito formular las siguientes consultas y
peticiones:
Hechos
que motivan la consulta:
Diversos medios de comunicación y declaraciones
públicas del personaje han informado que el señor Abelardo de la Espriella
Otero ostentaría, además de la nacionalidad colombiana, la ciudadanía de
Estados Unidos con implicaciones institucionales que también se han hecho
públicas, protagónicas y notorias, además, social y políticamente
protuberantes.
Considerando
que el mencionado ciudadano ha manifestado públicamente sus aspiraciones
presidenciales, incluso, haciendo alarde y derroche de su condición de
ciudadano y súbdito norteamericano, y que la cuestión involucra asuntos de nacionalidad,
relaciones internacionales y eventuales implicaciones constitucionales, resulta de interés público obtener
claridad institucional sobre el alcance jurídico de tales circunstancias, máxime
si recientemente una importante cantidad de personalidades del mundo del
derecho colombiano ha hecho pública una interesante y preocupante declaración
al respecto, a la cual adherimos integralmente.
Solicitudes:
Indique
si el Ministerio de Relaciones Exteriores tiene conocimiento oficial de que el
señor Abelardo de la Espriella ostente ciudadanía estadounidense o cualquier
otra nacionalidad distinta de la colombiana.
En caso
de que dicha información repose en registros oficiales o sea verificable por
canales institucionales, informe cuál es la situación jurídica correspondiente.
Precise
si la adquisición voluntaria de la ciudadanía estadounidense implica la
asunción de deberes de fidelidad, lealtad u obligaciones jurídicas frente a los
Estados Unidos de América.
Indique
si, a juicio jurídico e institucional del Ministerio, tales deberes son
plenamente compatibles con el ejercicio de la Presidencia de la República de
Colombia, incluso, si a juicio jurídico e institucional de ese Ministerio,
tales obligaciones resultan inaplicables o inocuas en el evento de que el
susodicho personaje termine siendo Presidente de la República.
Señale
si la legislación colombiana, los tratados internacionales vigentes o la
doctrina oficial del Estado colombiano contemplan eventuales conflictos de
deberes derivados de la doble o múltiple nacionalidad cuando una persona ejerce
la jefatura del Estado colombiano, especialmente si una de esas nacionalidades
es la de Estados Unidos.
Informe
si existe algún concepto, pronunciamiento o antecedente oficial relacionado con
la posibilidad de que un ciudadano colombiano que haya adquirido
voluntariamente la ciudadanía de otro Estado ejerza la Presidencia de la
República.
En caso
de que el Ministerio considere que carece de competencia para pronunciarse
sobre alguno de los anteriores aspectos, indique expresamente cuál es la
autoridad que, a su juicio, sí posee competencia para hacerlo.
Solicitud
documental:
Solicito
copia electrónica de los conceptos, estudios, memorandos o pronunciamientos
oficiales relacionados con las materias consultadas.
Atentamente,

Armando
Pérez Araújo
CC 17171492
de Bogotá
miércoles, 3 de junio de 2026
Farsantes
Armando Pérez Araújo
No me voy a referir al
candidato presidencial que pretende exhibirse como defensor de la patria,
sabiendo que jamás ha sido nada de eso, que él nunca ha sido protagonista
de la defensa y promoción de las libertades, ni de valores fundacionales de
nuestra democracia, como él lo predica habitualmente en sus discursos aprendidos
de memoria. Aunque, contra mi voluntad abordaré un tópico relativo al acento
que la ex precandidata Claudia le añade a su cuestionamiento al inquietante e incómodo ejercicio profesional del abogado Abelardo, alejándome del criterio suyo de que
lo malo de él, según ella, sea que el susodicho jurista se ha erigido apoderado esencial de ciertos personajes de la farándula financiera y de reconocidos actores de la
emblemática y escandalosa delincuencia común. Hasta ahí puedo decir que puedo meter la mano a favor
de él, porque no le veo ningún problema legal al litigio y fortuna del acaudalado
colega a favor de clientes adinerados y presuntamente untados de ilegalidad, por ese simple y puro motivo, advirtiéndoles a quienes censuran esa conducta al fogoso colega por el manejo de ese tipo de
vínculos, que la norma del Tratado sobre Principios Básicos Sobre la Función de
los Abogados, adoptado por el Octavo Congreso de las Naciones Unidas sobre
Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, de La Habana, Cuba, 07 de
septiembre de 1990, dice en su numeral 18 la siguiente prerrogativa: “Los abogados no serán identificados
con sus clientes ni con las causas de sus clientes como consecuencia del
desempeño de sus funciones”. Otra cosa, agrego yo,
sería que de los detalles de la cuidadosa lectura de sesudas investigaciones periodísticas, como las de los periodistas Yoir Ackerman y Daniel Coronel, por ejemplo, se
infieran implicaciones penales, transgresiones del régimen monetario
internacional por fuera de la licitud del ejercicio de la abogacía, lo mismo
que conductas propias del simple cómplice, que podrían ser verdadero
apoyo intelectual a los principales beneficiados del delito o autores
principales. Tampoco me ocuparé en gastar mi tiempo denigrando
contra los entrometimientos de Marco Rubio en la política latinoamericana, ni
mucho menos criticando al tristemente célebre senador Bernie Moreno, ciudadano ex colombiano
que practica el deporte de escalar posiciones dentro del establecimiento
imperial de Estados Unidos a punta de linchamientos y agresiones a los demócratas de nuestro
país, según se dice, por cuenta de choques relacionados con temas
asociados a sus propios intereses o prontuarios en Colombia. De ninguna manera me referiré
en lo más mínimo al ultraderechista turco de Maicao, sea natural colombiano o
extranjero, que viene haciendo política, también plata con la política, sin
observar respeto por señal alguna de los semáforos de la ética, la moral
política, ni siquiera de los límites que le imponen las normales tendencias de
sus paisanos, respetuosos de los cánones o preceptos locales, de ninguna forma
desbordados abelardistas como él, mucho menos favorable a la desabrochada injerencista doctrina
Trump frente a la Colombia independiente que queremos, lo cual pondría en aprietos a la propia estabilidad y
legitimidad de sus propios paisanos árabes.
Pero lo que sí deseo
resaltar es que los que definitivamente se comportan como empedernidos
falsarios o farsantes, son aquellos que se colaron a los intestinos del alto gobierno
de Petro y después se las tiran de independientes, incluso de distinguidos y conspicuos
miembros de la derecha, o los que por la magia de la improvisación de las
listas cerradas entraron al Senado y no se han dado por notificados desde cuando
llegó la campaña presidencial, o quienes, como el Procurador General de la
Nación, que se hace el de la vista gorda cuando son los amigos de sus amigos los
que incurren en faltas gravísimas disciplinarias, caso concreto, del intocable gobernador
Jairito, que desde hace varios meses fue querellado por el suscrito por
evidente violación gravísima a las normas disciplinarias, sin que a estas
alturas le haya pasado nada, faltas que fueron mucho más graves, verbi y gracia, las del locuaz gerente Carlos Carrillo, que fue suspendido por fulminante
rabia y hastío del jefe del Ministerio Público. También considero falsarios y
farsantes quienes celebran con bombos y platillos que el presidente Petro sea
cuestionado por participación indebida en política, cuando censura la amenaza
ejercida contra la institucionalidad colombiana y, al mismo tiempo, rechaza las
probabilidades de que llegue de nuevo otra peligrosa era fascista y paramilitarista
al país, disfrutando cada vez que el genocida e injerencista presidente
estadounidense amenaza con interferir en Colombia, o cuando lo hace contra nuestro
hermano pueblo venezolano.