EL GRAN
ACUERDO NACIONAL, PARTE 2
Por Armando
Pérez Araújo
A pesar de
las aparentemente irreconciliables contradicciones entre el gobierno Petro y el
entrante o, mejor, con ocasión de ellas, deberíamos empezar a edificar los
puentes que servirán de sostén a la plataforma de lo que hemos denominado el
gran acuerdo nacional desde las regiones, advirtiendo que ninguna
región, ningún partido político, ningún gobierno y ningún sector social, por sí
solo, puede construir el futuro de Colombia. Además, deberíamos admitir como
ineludible preámbulo que tendrá que ser indispensable insumo reconocer que
Colombia atraviesa uno de los momentos más decisivos de su historia republicana
y que la polarización política, la desconfianza institucional, la desigualdad
territorial, la creciente distancia entre el Estado y la ciudadanía, incluso,
las reales o virtuales potencialidades de las demandas de nulidad de la
elección del electo mandatario, exigen una profunda respuesta que trascienda
las coyunturas electorales y los subalternos intereses particulares. Es esa
potísima razón por la que proponemos impulsar un Acuerdo Nacional desde las Regiones, entendido como un profundo
proceso plural, democrático y participativo para construir los consensos
fundamentales que permitan fortalecer la unidad de la República, respetando la
diversidad de sus territorios y de su gente, destacando que éste no será un acuerdo
entre adversarios políticos, sino una invitación para que Colombia dialogue
consigo misma.
Algunos de los principios refundadores de esta próxima Colombia indican que somos una sola Nación
construida desde sus regiones, que la unidad nacional no exige
uniformidad, por el contrario, se fortalece cuando reconoce la riqueza
histórica, cultural, económica y social de cada uno de sus territorios. Coincidamos
en que un buen punto de partida será que la dignidad de las personas constituye el fundamento del Estado, lo cual significa
que toda decisión pública deberá orientarse al respeto de la dignidad
humana, la libertad, la igualdad, la justicia y los derechos fundamentales,
destacando que las regiones son protagonistas
del desarrollo nacional y que el país requiere una distribución más
equilibrada del poder político, administrativo y fiscal, que permita a los
territorios participar efectivamente en las decisiones que afectan su presente
y su futuro. Acordemos que la democracia
exige diálogo permanente para que las diferencias políticas sean
legítimas y que la descalificación, la exclusión y la violencia no pueden
sustituir el debate democrático. El
poder debe estar equilibrado y toda democracia necesita pesos y
contrapesos eficaces que impidan la concentración del poder y garanticen la
independencia de las instituciones, el control ciudadano y la transparencia. Concluyamos
que la diversidad es una fortaleza
nacional, que los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes,
el pueblo Rrom, el campesinado, las comunidades urbanas y rurales y todos los
sectores sociales forman parte esencial del proyecto nacional. La justicia territorial constituye una
condición para la paz. No podrá existir una Colombia plenamente
democrática mientras persistan profundas desigualdades entre las regiones. Las futuras generaciones también son
destinatarias del Acuerdo. El desarrollo económico, la protección del
ambiente, la sostenibilidad fiscal y el aprovechamiento responsable de los
recursos naturales deberán armonizarse con los derechos de quienes heredarán el
país. Los consensos fundamentales
pertenecen a Colombia.
El Acuerdo Nacional desde las Regiones no será patrimonio de ningún
gobierno, partido político, movimiento social o líder individual. Pongámonos de
acuerdo para que su edificación permanezca abierta a la participación de todos
los sectores que compartan estos principios democráticos. El diálogo será el método permanente, porque
las reformas que Colombia necesita deberán construirse mediante la
deliberación pública, el respeto mutuo y la búsqueda de consensos amplios, sin
renunciar al pluralismo que caracteriza nuestra democracia.
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