viernes, 27 de febrero de 2026

 

LOS TURCOS DE MAICAO (4)

Por Armando Pérez Araújo*

Es muy posible que a estas alturas del desarrollo periodístico de esta serie de artículos sobre los turcos de Maicao, algunos lectores no hayan entendido que para resolver la inestabilidad jurídica del comercio de Maicao, que es la base de la estabilidad de los turcos de Maicao, y por supuesto del resto de la sociedad que vive directa o indirectamente del ejercicio legítimo del comercio de Maicao, excúseme la cacofonía y  juego de palabras, es menester atornillar, primero que todo, de forma correcta las garantías jurídicas y sociales de lo que hemos llamado la territorialidad indígena del pueblo wayuu. Resalto la utilización del término correcta, para que quede claro que no se trata simplemente de predicar y medio aplicar algunas normas y principios de la Constitución Política o de Tratados o Convenios Internacionales, alrededor de algunos asuntos típicos del comercio exterior, aduaneros, portuarios o fronterizos, sino de aplicarlos todos dentro del más riguroso sentido jurídico y político de la expresión, es decir, asegurándonos de que la titularidad de los derechos humanos internacionales del pueblo indígena queden en cabeza del pueblo indígena o, por lo menos, principalmente en cabeza del pueblo indígena. Debe entenderse, amigo lector, con la mayor claridad posible, que esta prerrogativa de los pueblos indígenas, consagrada en el ordenamiento superior interno y en tratados internacionales suscritos por Colombia como un asunto cardinal del respeto de los derechos humanos, proviene de los derechos que la historia ha concedido a los pueblos nativos u originarios, no por conmiseración, simpatía, generosidad, ganga o politiquería de ningún régimen o gobernante en especial. Recordemos que el artículo 25 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, dice textualmente: «Los pueblos indígenas tienen derecho a mantener y fortalecer su propia relación espiritual con las tierras, territorios, aguas, mares costeros y otros recursos que tradicionalmente han poseído u ocupado y utilizado y a asumir las responsabilidades que a ese respecto les incumben para con las generaciones venideras.» Dense cuenta, amigos lectores, que de ninguna manera se trata de una cordial recomendación o de amable sugerencia para que se les reconozcan los derechos de algunas familias o de pequeños grupos de individuos indígenas, se trata es de los Derechos de los Pueblos Indígenas, así con mayúsculas, lo que matemáticamente significa que estamos hablando de algo más de 370 millones de indígenas del mundo. Debe saberse que la discusión respecto a este tema, sobre todo el capítulo de tierras y recursos, se llevó mucho tiempo. Algo más de veinte años estuvieron luchando la estructura de estas normas los líderes indígenas del mundo que debatieron su inserción en la Declaración de las Naciones Unidas, porque inevitablemente era evidente que se pisaban algunos callos de los poderosos de entonces, a quienes las garantías internacionales a los pueblos indígenas les podían generar urticaria en la piel de sus intereses, para decirlo de alguna manera. Los turcos de Maicao, contrario sensu, descubrieron en la generosa franquicia y garantías del territorio indígena la tabla de salvación para navegar exitosamente durante muchos años sin apuros ni desasosiego por los mares internacionales y tierras protegidas, dentro de la legitimidad que tienen sus socios ancestrales.

He notado que desde que me he dedicado a estimular la posibilidad de que la estabilidad de los turcos de Maicao sea reconocida constitucionalmente, al lado del pueblo indígena, de afrodescendientes y otros actores válidos de la sociedad guajira de hoy, mis amigos turcos se han colocado en modo de distanciamiento social, que parecería que les hace falta un poco de más pedagogía al respecto.

Se ha dicho y repetido millones de veces que el derecho de los indígenas es el reconocimiento colectivo de los derechos colectivos de un pueblo natural de una región, donde, por supuesto, se incluyen los derechos humanos, así como el derecho al idioma, cultura, religión y territorio que tradicionalmente había habitado su pueblo. Esto es sumamente claro.

Ahora lo explico con plastilina: 1º El Pueblo Wayuu es el titular de los derechos territoriales de la Alta Guajira, incluyendo la actividad y dinámica de los Puertos, trochas y caminos, lo mismo que del espacio geopolítico de la zona fronteriza colombo venezolana, asuntos sobre los cuales hoy en día no hay discusión ni duda algunas. 2º Desde la llegada de los Turcos a Maicao los indígenas han sido fraternales anfitriones de los Turcos, en las verdes y maduras. Sobre eso no cabe la menor duda, también los turcos de Maicao han demostrado su mejor propósito de querer articularse y asociarse de la mejor forma con los nativos de la península, especialmente con los comerciantes nativos y dueños del territorio estratégico local, como lo explicamos en anteriores capítulos. 3º Es indiscutible el importante rol  de los Turcos en el crecimiento y desarrollo del comercio de Maicao, vale decir, en aquello que podríamos calificar la suerte de La Guajira. 4º El comercio de Maicao, como quien dice la gallina de los huevos de oro de los Turcos, comienza a tambalear, entre otras razones, por la desconsideración que las autoridades nacionales han tenido con la territorialidad del Pueblo Wayuu. 5º Las garantías del territorio indígena están comenzando a ceder, muchos no se han percatado, otros se hacen los pendejos, mientras tanto, algunos, los llamados jefes políticos, están empujando hasta el precipicio el tren a favor de la desposesión de los Derechos Humanos del Pueblo Wayuu, en todo caso, algo muy grave y negativo está sucediendo en términos de desterritorialización de La Guajira indígena. 6º Fenómenos como los más de sesenta parques eólicos en la Alta y Media Guajira, que impactarán casi trecientas comunidades, lo mismo que la funcionalidad de los puertos y fronteras indígenas que repercuten en la vida del comercio de Maicao, deberían alertar al pueblo wayuu y a los turcos, que serían víctimas de una masacre territorial económica advertida y anunciada. 7º Elemental y obvio es que ahora los turcos de Maicao, los afros y demás actores sociales de La Guajira, se alineen a favor de la defensa del territorio wayuu, vale decir, sus socios o aliados naturales.

DECLARACIÓN AMERICANA SOBRE LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS

«Artículo V. Los pueblos y las personas indígenas tienen derecho al goce pleno de todos los derechos humanos y libertades fundamentales, reconocidos en la Carta de las Naciones Unidas, la Carta de la Organización de los Estados Americanos y en el derecho internacional de los derechos humanos».

«Artículo VI. Derechos colectivos. Los pueblos indígenas tienen derechos colectivos indispensables para su existencia, bienestar y desarrollo integral como pueblos. En este sentido, los Estados reconocen y respetan, el derecho de los pueblos indígenas a su actuar colectivo; a sus sistemas o instituciones jurídicos, sociales, políticos y económicos; a sus propias culturas; a profesar y practicar sus creencias espirituales; a usar sus propias lenguas e idiomas; y a sus tierras, territorios y recursos. Los Estados promoverán con la participación plena y efectiva de los pueblos indígenas la coexistencia armónica de los derechos y sistemas de los grupos poblacionales y culturas.»

*Candidato al Senado de la República

 

LOS TURCOS EN MAICAO (3)

Por Armando Pérez Araújo*

Algunos turcos, tal vez la mayoría, le tienen pánico a la irreductible inestabilidad jurídica del comercio en La Guajira, que también es la inestabilidad de ellos, realmente. Ese presentimiento o diagnóstico fatalista de su propio proyecto de vida no contribuye a la prosperidad del territorio, incluyendo, obviamente, la suerte del estamento árabe. Lo malo de esa postura, digamos que lo peor de esa teoría pesimista sobre el vaivén de la economía de La Guajira, es que de tanto repetirse ese absurdo sociológico, tiende a transformarse en una especie de certidumbre diagnóstica que termina siendo reconocida como regla, incluso, asumida como carga natural y sistémica por los mismos turcos en el ejercicio continuo y tranquilo de su actividad comercial fronteriza. Hemos afirmado que ese miedo o temores son legítimos y justificados, y que no pocos turcos han sido perseguidos, incluso, encarcelados, como consecuencia de la inseguridad jurídica de la normatividad aduanera y fiscal que frena el desarrollo y atormenta a todo el departamento de La Guajira para efectos de su estabilidad comercial, portuaria y fronteriza. La economía de La Guajira ha sido de antaño estimulada a los trancazos, desde aquellas épocas de la canción de Escalona, El almirante Padilla, narrando el sufrimiento del célebre Tite Socarrás en aquellos eventos contrabandísticos del viejo Puerto López, o la del Contrabandista del imaginario de Sergio Moya Molina, cuando el poeta apostaba a ganar a punta de suerte su incómoda y peligrosa aventura comercial por terrenos desérticos de la Alta Guajira el amor de su linda negra, superando alcabalas, guardias y demás trabas de su arriesgado recorrido de entonces. Todo eso sucedía cuando la aventura del llamado contrabando era materia de versos, cantos y poesías, claro, también de tremendos sufrimientos, persecuciones a tiros y del acoso extorsivo de la corrupción de aquella época. Muy pocas cosas han mejorado para los turcos y para los demás habitantes de La Guajira, peor para el pueblo nativo, en materia de estabilidad ciudadana. El Estado colombiano, es decir, la política colombiana se ha mantenido invariablemente en una posición discriminatoria respecto a los derechos territoriales de La Guajira. Eso lo estamos repitiendo en esta serie de artículos y habrá que seguirlo haciendo hasta que seamos capaces de remover las primitivas y vetustas estructuras del modelo alcabalero, decomisador y corrupto que desconoce nada menos que la territorial indígena que es el eje jurídico mayor del funcionamiento de cualquier actividad fundamental en este ámbito territorial.

Estamos promoviendo la necesidad de que el recurso humano árabe se reúna y se articule con los dueños del territorio y con otros habitantes y actores de La Guajira, autóctonos y de otros rincones del país para enderezar lo que pareciera que está mal encaminado y definitivamente torcido. Me explico: los fenómenos de la nueva economía que se asoman en esta zona del país lucen amenazantes para el tambaleante estatus comercial de Maicao y de otras actividades del resto del departamento. Por ejemplo, la ubicación y dinámica de lo que sería el funcionamiento y operación de cincuenta y siete o más parques eólicos, tal vez sesenta y cinco, y sus arandelas complementarias, vale decir, dos mil y pico aerogeneradores gigantes, torres de transmisión de energía, subestaciones, otro tipo de redes, campamentos, vías privadas, talleres, parqueaderos, hoteles, clubes, restaurantes, estaciones regulares de combustibles, zonas obligatorias de protección ambiental, cuarteles militares y de policía, playas privadas y clubes, puertos privados, etcétera, que arbitraria e irresponsablemente se proyectan para la Alta y Media Guajira constituyen una amenaza fatal para la economía basada en el turismo y el comercio, entre otras actividades. Estamos hablando de un mínimo de cuarenta y cinco mil hectáreas de propiedad del territorio ancestral del pueblo indígena, que están desde ya comprometidas con la conformación arbitraria de dichos proyectos que estorbarían directamente a por lo menos, a doscientas ochenta y ocho comunidades wayuu. En algunos lugares del mundo este tipo de exabruptos convirtieron lugares de tranquilidad y sosiego, como es La Guajira de hoy, en zonas de todo tipo de conflictos. El ejemplo de Oaxaca en México, con los parques eólicos establecidos en las cercanías del istmo de Tehuantepec, sin ninguna comprensión y consideración con los pueblos indígenas del lugar es un referente que ayudará a realizar una buena pedagogía al respecto.  En los próximos artículos explicaré, con plastilina y nuevos ejemplos, cómo podría afectarse el bolsillo de los turcos y de toda la sociedad aquí asentada con los nuevos e ilegales disparates, estimulados desde adentro y desde afuera. Mientras tantos los políticos no dicen esta boca es mía.

*Candidato al Senado de la República

jueves, 26 de febrero de 2026

 

LOS TURCOS EN MAICAO. (2)

Por Armando Pérez Araújo*

Las familias árabes más poderosas de Maicao son las que más dificultades han soportado y tenido que vencer a lo largo de decenas de años de trabajo y tesón. Podríamos resumirlo diciendo que son las que más han estado camellando en las verdes y las maduras. Algunas tuvieron que migrar porque simplemente no pudieron cumplir con su ciclo de dificultades, otros porque no encontraron las garantías necesarias para quedarse de por vida asentadas en La Guajira y crecer de acuerdo a sus respetables proyectos de vida. Algunos no aguantaron el dramático bajón del bolívar en aquél momento de estrangulación de la moneda venezolana. De todas formas, hay que reconocerlo, los que están aquí son un importante número de familias árabes y sus descendientes que se han quedado aclimatados en Maicao, han echado raíces, a pesar de los límites y sorpresas del sistema normativo aduanero y dificultades que han tenido que aguantar y soportar, entre otras, el flagelo del secuestro, robo, extorsión, incluso, la muerte de miembros de sus familias. Adicionalmente, a estos comerciantes de Maicao les ha tocado presenciar el retroceso en algunos temas de la economía local, como haber tenido aeropuerto y luego no tenerlo, o haber contado con un buen número de bancos comerciales y luego ver cómo fueron cerrados la mayoría por razones asociadas al despelote de la economía subterránea internacional que impactó indiscriminadamente a los habitantes de La Guajira. Les ha tocado presenciar cómo las pistas de aterrizaje del otrora activo Aeropuerto San José de Maicao y demás instalaciones del mismo, pasaron de ser zona de embarque de carga y pasajeros de aviones de Avianca, Taerco y La Urraca, para convertirse en edificios destruidos y terrenos litigiosos, de diferentes clases de poseedores, recientemente ocupados por migrantes venezolanos, que deambulan a lo largo de la frontera afrontando las peores condiciones sociales de vulnerabilidad, por diferentes razones. En algún momento los habitantes turcos de Maicao fueron cuestionados porque no hacían inversiones en esta ciudad, otras veces los responsabilizaban del atraso evidente de la ciudad, y es entonces cuando aparecen expresiones de desarrollo urbano moderno, como edificios, hoteles, restaurantes, bodegas y mejoras en sus locales comerciales.

Podríamos decir que el gran problema de los turcos, mejor dicho, del comercio de Maicao, de la sociedad wayuu, es decir, de toda la ciudadanía guajira, es que este asunto no ha sido correctamente diagnosticado. Los diferentes gobiernos han sido absolutamente torpes en el manejo de sus responsabilidades, los líderes turcos y los demás líderes no han tenido la adecuada orientación jurídica ni política. Los líderes indígenas menos, al contrario, han sido desconectados o marginados de las grandes discusiones nacionales del desarrollo respecto a la suerte del comercio de Maicao, en otras palabras, han sido desaprovechados o desperdiciados por los comerciantes de una u otra filiación o grupo. Aquella sociedad natural entre turcos, paisas y otros grupos establecidos en el comercio tradicional de Maicao con el Pueblo Wayuu, no ha funcionado por diferentes causas, pero la principal ha sido la discriminación territorial con el dueño del aviso, que quiéranlo o no es y seguirá siendo el Pueblo Wayuu. Cuando los habituales defensores del comercio de Maicao aducen los impactos negativos de las medidas del gobierno a la población nativa, sólo sacan a relucir como argumento mayor el desempleo que se generaría en coteros y caleteros del puerto indígena, que son los que cargan y descargan barcos y camiones, en la nómina de choferes de camiones y los de las llamadas camionetas moscas que son los que hacen el rol de contrainteligencia a las autoridades aduaneras o de policía, lo mismo que acuden a las mujeres wayuu tejedoras impactadas en su productividad por el obvio quiebre generado por las inadecuadas decisiones aduaneras y fiscales, lo mismo que el importante número de vigilantes indígenas que quedarían vacantes en los almacenes y bodegas de Maicao. Dicho de manera simple: la visión que se ha manejado en las reclamaciones y discusiones de este crucial e importantísimo problema es considerar al Pueblo Wayuu, así con mayúscula, como una simple población de indígenas, así con minúscula. Lo anterior equivale a que el drama de marras se ha manejado como un asunto normal aduanero y tributario, cuando lo que hay en el fondo es un horrible relajo legislativo con la normatividad constitucional colombovenezolana, tratados y convenios internacionales, relacionados con el efectivo respeto de los derechos humanos de los indígenas, especialmente los atinentes a la territorialidad del pueblo Wayuu. Por esa razón, en diferentes ocasiones hemos promovido edificar un ESTATUTO AUTONÓMICO para La Guajira, que en el lenguaje común equivaldría a una constitución política chiquita, hecha a la medida y características concretas de la realidad fronteriza, que no sólo sería la indispensable herramienta de protección y garantías jurídicas para la economía de los indígenas y otros derechos, sino también para la actividad comercial de criollos, cachacos y turcos de Maicao.

 *Candidato al Senado de la República

 

LOS TURCOS EN MAICAO (1)

Por Armando Pérez Araújo*

Los turcos en Maicao, o los turcos de Maicao, como se prefiera, corresponden a una errada denominación que se le ha dado a una importante población árabe que se asentó en la hoy ciudad de Maicao desde hace muchos años. Los que llegaron primero fueron palestinos, después los libaneses que son los que constituyeron un fundamental componente social y económico en Maicao y en toda La Guajira. También, bajo la misma denominación llegaron de Jordania, Arabia, Egipto, Siria y otros países, incluso de la región de Nueva Esparta e Isla Margarita, Venezuela, donde residen y trabajan muchos árabes de diferentes troncos familiares y territoriales. Hace años llegaron algunos de los verdaderos turcos a La Guajira integrantes de la petrolera turca Turish Petroleum Company, queriendo incursionar en la exploración de gas en alrededores de Cucurumana, zona rural de Riohacha, quienes, dicho sea de paso, también les echaron el ojo a las potencialidades económicas del turismo en La Guajira. Después será que nos referiremos con más detalles sobre la suerte de estos verdaderos turcos y las expectativas reales y verdaderas de La Guajira al respecto. Sigamos de nuevo con nuestros turcos de Maicao que es lo que ahora nos interesa descubrir para los lectores. Recordemos que hay quienes dicen que el gentilicio o apodo de turcos se debe a que los primeros árabes que llegaron al país se ampararon en documentación del Imperio Otomano, aunque ahora, por lo menos en lo que respecta a La Guajira, el remoquete de turco dejó de ser despectivo, no ofende a nadie y pertenece al lenguaje cotidiano y afectivo del buen trato intercultural. Incluso, hay quienes se refieren a Maicao como la ciudad de los turcos, lo cual denota el grado de integración identitaria que se percibe desde afuera entre la colonia árabe y los guajiros, frente al resto de la población del país. Recordemos que muchas de estas familias árabes entraron por la puerta grande de Puerto Colombia y desde ahí se fueron desplazando hasta los diferentes rincones de la costa y el país. Algunos que venían para el norte de La Guajira se quedaron en Ciénaga, otros en Santa Marta, unos se fueron para las promisorias tierras de las orillas del río Magdalena, no pocos para para las sabanas de Bolívar, en fin, habría que establecer las particulares motivaciones de este fenómeno de migración dispersa y simultánea. Es muy probable que en algunos momentos el grueso de población árabe migrante pudo haber tenido relación causal con las recurrentes guerras que les tocó soportar a los libaneses, principalmente. Muy parecido a lo que ha estado ocurriendo con migrantes venezolanos que salieron espantados por los recurrentes bloqueos de las potencias extranjeras y otras poderosas razones. Ese fenómeno migratorio está lleno de anécdotas y de historias que muchos no las conocen, también de testimonios, de esfuerzos, sacrificios, luchas y pruebas de cómo llegaron a Maicao decenas de familias emprendedoras que han contribuido a forjar con firmeza el incipiente desarrollo de la península, así haya sido a punta de tesón, carajazos y tropiezos por falta de garantías del Estado colombiano, o de presencia estatal, si se prefiere decir así, sutilmente. Me contaba mi amigo Teby una anécdota que habla muy bien del ingenio fenicio de aquellos primeros hombres guerreros del comercio nato, que ocurrió cuando entraron los primeros árabes por Puerto Colombia, llegaron a Barranquilla y luego realizaban las rutas hasta Maicao, atravesando el río en el Ferry, siguiendo hasta La Guajira en mulas por las orillas del Caribe y la Sierra Nevada de Santa Marta o dando la vuelta por Fundación y Valledupar. Me dice Teby que una de las tantas trabas, tal vez la más poderosa en ese momento que encontraron en el camino de la esperanza estos jóvenes aventureros, sus abuelos, fue la inevitable barrera lingüística del complicado idioma castellano. La suerte estaba echada y no tuvieron otra opción que acudir al ingenio propio del ser humano, cada vez que algo especial les sucedía a esos primeros turcos de Maicao. El primer traspié lo consiguieron en los alares de la vieja Barranquilla, muy cerca de lo que hoy es el mercado público de esa capital. Iban de casa en casa distribuyendo sus telas, introduciendo en la zona una eficaz herramienta del comercio como fue la de vender a crédito o a plazos, el famoso fiao. Sin que el deudor o deudora se diera cuenta, con la mayor delicadeza y prudencia del caso, en idioma árabe o hebreo, en alguna parte de la pared de la casa del cliente comprador, el árabe vendedor escribía los detalles de la mercancía acreditada y el dinero que le salían a deber los dueños de esa residencia. Era un inofensivo registro contable que sólo ellos entendían. Hoy sus nietos narran la historia del fiasco que se llevaban sus abuelos, cuando llegó diciembre y encontraron todas las casas pintadas y sus anotaciones y cuentas borradas, porque no sabían nada de la consuetudinaria práctica cultural de los barranquilleros de pintar cada año sus casas apenas llegaba el mes de diciembre.

 La gran mayoría de esta comunidad árabe pertenece originalmente a familias trabajadoras del campo en su país. Indudablemente que la principal y común característica de ellos hoy es el comercio, sin desconocer que hay muchos hijos y nietos de esos primeros árabes que han descollado en espacios de las ciencias y otras disciplinas. La fortaleza de la comunidad árabe en Maicao es de tales proporciones hoy en día que en otros escenarios hemos afirmado que hay que reinventar el relacionamiento estatal con los árabes de Maicao y el de estos con el aparato estatal colombiano. Dicho de otra manera: el Estado nacional, La Guajira, como entidad territorial departamental, los municipios Uribia, Manaure y Maicao y la comunidad árabe, están desperdiciando las potencialidades que provienen del universo étnico y diverso que caracteriza a esta promisoria región colombiana. El estamento árabe guajiro, si se le puede llamar de esa manera, debería ser objeto de una especial reinserción económica a la sociedad colombiana y guajira, luego de que se reconsideren los pesos y contrapesos territoriales y constitucionales que corresponden a la ecuación étnica, social y económica en la que están sociológicamente insertados desde su llegada.

Los llamados turcos de Maicao han sido protagonistas de más de cincuenta años de historia. Han sabido lidiar con las tremendas diferencias culturales frente al pueblo wayuu y en algunos episodios han actuado como aliados. Recordemos que una de tantas aventuras en las que actuaron aliados árabes y wayuu fue en aquella suscitada por los anuncios y expedición del decreto que creó el Nuevo Estatuto Aduanero, según el cual se prohibía el ingreso de electrodomésticos, cigarrillo y licores por Bahía Portete, puerto natural y territorial indígena muy importante para el desarrollo económico de La Guajira y de muchas economías de familias de la costa. Se llegó a decir en aquél momento que la vehemencia con la actuaba la entremetida directora de la Dian de la época de origen judío, Fanny Kertzman, obedecía a superiores sentimientos presuntamente religiosos contra los poderosos árabes que controlaban el comercio de Maicao, dizque porque éstos pertenecían a la abrahámica religión musulmana. Algunos medios de comunicación que irresponsablemente azuzaban la probabilidad de esa tesis, intentaban agravar el de por sí complejo pleito entre gobierno y comerciantes de Maicao, sugiriendo que en el fondo de todo se trataba de los comienzos de la versión local de una nueva guerra santa.

No olvidemos que grandes comerciantes de La Guajira, y aquí van incluidos los emprendedores wayuu y criollos, enseñaron y respaldaron de muchas maneras a expertos árabes, quienes trajeron su caudal de tradiciones euroasiáticas en el comercio internacional, para aportarlas a una creciente actividad donde los wayuu ponían la principal parte en el negocio que era la territorialidad del pueblo indígena, que en la práctica era igual a colocar al servicio de esa gran sociedad comercial, la dinámica de una especie de zona franca con respaldo del derecho internacional de los Derechos Humanos. La historia fue confirmando la efectividad de la franquicia del aporte wayuu y la importancia del empuje de los herederos de la pericia otomana en la suerte del comercio de Maicao y en sus implicaciones determinantes en el desarrollo económico del departamento de La Guajira. En medio de esos trotes colectivos de la nueva economía sucedieron muchos fenómenos episódicos u ocasionales, como aquellos en los que algunos guajiros destacados, individualmente considerados o preponderantes, también ocurría con algunos turcos, sin tantos parapetos, requisitos o papeleos, cuando con una llamada por radioteléfono obtenían que se les despacharan el mismo día del pedido barcos repletos de mercancías de Aruba o Panamá, o que un ciudadano wayuu emprendedor y sobresaliente en el comercio internacional, como fue el caso de nuestro buen amigo José Luis Iguarán, QEPD, quien tuvo que ir personalmente a Moscú a realizar una difícil transacción de millones dólares con los rusos para poder defender su negocio de cigarrillos y wishky, y poder defenderse legítimamente frente a las complejas estructuras financieras de fuertes proveedores de Panamá, Aruba o Curazao. Repito, fueron fenómenos episódicos y esporádicos, protagonizados por el talento superior de destacadas individualidades nativas que ocurrían de vez en cuando, porque la gran verdad es que la gran sabiduría financiera internacional fue introducida por avezados árabes que dominaban mares y mercados de América, Europa y Asia.

En esa espontánea y natural sociedad comercial conformada por la etnia wayuu y los llamados turcos de Maicao, hay que resaltarlo con la mayor claridad, el mayor aporte, digamos que el indispensable aporte, lo hizo y lo sigue haciendo, el pueblo wayuu, prestando o facilitando el espacio físico, social y jurídico de su territorio étnico, vale decir, puertos, caminos, trochas y fronteras con Venezuela y el Caribe, para el fortalecimiento de una actividad que habría sido imposible de otra manera. No significa lo anterior que otros componentes humanos de la diversa sociedad colombiana, asentados principalmente en Maicao, no hayan participado de esta gran empresa territorial que con el paso del tiempo se volvió poderosa e influyente, que luego el país entero ha venido bautizándola y criminalizándola con el inapropiado estigma del Contrabando. Aquí tengo que detenerme un poco para explicar lo grave que ha resultado para la actividad comercial el mote delincuencial de contrabandistas a turcos y guajiros, asunto especialmente grave para la suerte social y económica de esta gran empresa comercial y natural que tambalea y que se desmorona por pedazos, sin que sus principales socios se den por notificados y se pellizquen adecuadamente. En primer lugar debemos afirmar que el descubrimiento de tantos ingredientes o valores geoeconómicos de lo que es hoy constituyen los rentables potenciales de Maicao, fue producto de un proceso colectivo de indígenas y familias criollas que hallaron en este punto de la geografía de la frontera, el lugar de encuentro entre corrientes de la economía de venezolanos, habitantes del sur y norte de toda la península. Afirmar que el coronel Rodolfo Morales fundó a Maicao en 1927 es una aseveración muy arriesgada, porque es obvio que en este lugar ya estaban conformadas las poblaciones wayuu, incluso, personas de otras etnias indígenas. Lo cierto es que ese momento es un referente, lo mismo que el año 1935 cuando se aprueba que Maicao ya sería un Corregimiento. Un poco más tarde, digamos que a partir de 1946 es cuando comienzan a llegar a Maicao los árabes palestinos y polacos, ente ellos Juan Abraham Hani Abuchaibe y su hermano Elías, quienes después de ingresar al país se establecieron un tiempo en Ciénaga, Magdalena, antes de arribar a Maicao. También es un referente junio de 1955, cuando Maicao es elevado a la categoría de Municipio.

*Candidato al Senado de la República

domingo, 15 de febrero de 2026

 

¿De dónde sale el billete?

Por Armando Pérez Araújo*

Aunque este es un tema que mortifica a quienes están cómodos en sus roscas, cosa que me importa un bledo, siento la obligación ciudadana de abordarlo sin vaselina. Voy al grano: Algunos candidatos y candidatas al Senado de la República, nativos o con arraigo político en La Guajira, ostentan su gran capacidad de poder mostrarse en cientos de vallas estratégicamente colocadas a lo largo de ciudades y carreteras del país, en muchos casos con un precio de no menos diez millones de pesos, cada una. De la misma manera sus descaradas celebraciones, lanzamientos, ostentosas inauguraciones, caravanas, alianzas punibles con el presupuesto de los contratistas y los de la gobernación y de las diferentes alcaldías, léanse, demostraciones del exceso de poder, de riqueza y opulencia, mejor, de las ansias desenfrenadas de reelección, dentro de un sistema político delincuencial signado y acompañado por cómplices y coautores.

Algunos me han revirado con enfado por las redes, diciéndome que me concentre en mis tesis y propuestas, en mis luchas de muchos años. Tremenda ingenuidad la de esos cándidos contradictores, creyendo que es verdad que esta es una limpia batalla electoral y creyendo que es verdad que la financiación de las campañas se hace comprando bolis a mil y vendiéndolos a dos mil pesos.

*Candidato al Senado de la República.

viernes, 13 de febrero de 2026

 

Los peligros de las represas

Por Armando Pérez Araújo

Empecemos por advertir que las represas, como obras de ingeniería, son infraestructuras estratégicas energéticas, de riego o de control de inundaciones, pero si lo pensamos desde la ecología tenemos que advertir la existencia de impactos estructurales sobre los sistemas fluviales. Por esa misma razón, cualquier análisis serio sobre las represas no puede ser simplemente ideológico, debe ser ecosistémico, acumulativo y territorial. Esta restricción criteriológica es válida para cualquier situación geográfica, llámese delta del Nilo, alteración del río Yangtsé o del río Xingú, represa de Urrá o para la represada represa del Cercado en el Río Ranchería. Es decir, que siempre que hablemos de los principales peligros y daños ecológicos, de las represas debemos hacerlo con un enfoque técnico, lo más objetivo posible.

Sirve de algo la explosiva y tardía reacción colectiva del pueblo colombiano, especialmente de la gente del departamento de Córdoba, respecto a los intríngulis políticos alrededor de la génesis de la represa de Urrá, incluso, los comprobados crímenes de los paracos a quienes de alguna manera enfrentaban a la otra avalancha, la de la codicia de los jugosos contratos y la voraz inclinación terrófaga de los actores civiles, militares y paramilitares de entonces.

Por esa razón, hemos defendido, respecto al caso de la represa El Cercado en La Guajira, la tesis de que dicha obra debe terminarse, siempre y cuando se revisen y arreglen los descubrimientos hallados por el Departamento Nacional de Planeación para justificar el freno de las obras y por supuesto, de los importantes contratos. Sería muy grave, que se muevan hacia adelante las obras o contratos de dicha represa, sin antes examinar con la mayor responsabilidad posible las anomalías estructurales que oportunamente se descubrieron y advirtieron como graves por la entidad competente.

Agrego que, en regiones como La Guajira o zonas semiáridas, el pulso hídrico alrededor de las represas, es determinante para la supervivencia de ecosistemas frágiles, por el bloqueo de la migración de los peces, alteración de los ciclos reproductivos, para no hablar sino de estas especies faunísticas.

  Aquí podríamos acudir a la célebre consigna: Represa sí, pero no así.

viernes, 6 de febrero de 2026

 

 


Las tramoyas de Genaro

Por Armando Pérez Araújo

 

El Alcalde del Distrito Genaro Redondo dejó a más de seiscientos humildes contratistas de prestación de servicios personales con los crespos hechos, incluyendo mujeres embarazadas y lactantes, mediante burda y quirúrgica maniobra que consistió en dejarlos por fuera de cualquier chance laboral durante varios meses, utilizando como falso pretexto el cumplimiento de la Ley de Garantías, cuando realmente lo que hacía era torcerle el pescuezo a la ley 996 del 2005 mediante el empleo sistemático de emboscadas y trucos, al parecer, con fines repugnantemente electorales. Este galimatías no es fácil de explicar, pero trataré de hacerlo de la siguiente manera y denunciarlo formalmente en caso de ser necesario: lo normal es que el administrador público, en el caso de entidades territoriales como ésta, se halle restringido por la antipática y necesaria Ley de Garantías, a partir de la fecha concreta que estipula la ley, para realizar modificaciones a la nómina. En el caso de marras, lo que fraguó y logró el médico alcalde fue entusiasmar mediante la inyección de una maniobra engañosa a no menos de seiscientos seres humanos que venían laboralmente como contratistas, inculcándoles la posibilidad de vincularlos nuevamente, cuando lo que realmente estaba planeando por debajo de la mesa era la masacre laboral de excluirlos sistemáticamente de la nómina y alejarlos de las probabilidades reales de acceder al derecho a trabajar de manera digna.

 

La especie que cunde alrededor de los conciliábulos del Parque Padilla es que esta no es la primera vez que ocurre la misma o similar artimaña, de presionar electoralmente a los trabajadores angustiados por la eventual terminación de sus contratos y hacer lo mismo de siempre, es decir, a renglón seguido poner a la gente a trabajar como esclavos durante los primeros meses del año (enero, febrero, marzo, abril y mayo) sin pago, es decir gratis, con el ardid de que así aseguran su puesto para después contratarlos por solo 4 o 5 meses con fundaciones amigas, con las implicaciones presupuestales y electorales que ello conlleva, quedando libres 8 o 7 meses de dineros públicos. Quien lo entendió lo entendió. 

 

Por el estropicio que han causado las reacciones entre empleados y trabajadores estragados y el resto de la sociedad riohachera solidaria, creemos que es muy posible que a estas alturas la Procuraduría General de la Nación, la Contraloría General de la República, incluso, la Fiscalía General de la Nación, han iniciado de oficio las correspondientes investigaciones, dada la circunstancias de que en el ramillete de violaciones a la constitución y la ley hay desde violaciones al acceso al derecho de los trabajadores hasta constreñimiento agravado al elector.