Gran Acuerdo Nacional Desde las Regiones, por un nuevo equilibrio institucional y territorial
para Colombia. (1)
Por Armando
Pérez Araújo
Partamos de la base de que el Acuerdo
Nacional desde las Regiones que sugiere el título de esta columna y que creemos
que Colombia requiere que se proponga, gestione e impulse, más temprano que
tarde, no debería ser una negociación política cualquiera entre gobierno y
oposición, mucho menos un pulso burocrático entre las migajas que queden de los
anuncios de campaña del nuevo gobierno y las sobrevivientes posturas del saliente.
Más bien, deberíamos estar hablando desde ya, lo más temprano posible, de un
proceso de reconstrucción nacional en
el que gobierno y oposición, o lo que quede de ambos, insisto, funjan como
simples participantes y de ninguna manera controladores o propietarios
exclusivos de contenidos y alcances del pretendido acuerdo reconstructivo, precisamente,
porque los actores nacionales de mayor importancia y legitimidad política
decidieron anticipadamente eludir lo que creyeron que podría ser una reventazón
democrática, abandonando el camino de una Asamblea Nacional Constituyente y encaminándose
por un desbocado lenguaje habitualmente desinteligente.
Coincidimos en que el problema de fondo no es la polarización que suele
presentarse como un conflicto
entre izquierda y derecha, cuando en realidad el verdadero problema es la excesiva concentración del poder en
el Ejecutivo, la repugnante centralización legislativa, administrativa y fiscal,
la debilidad de los mecanismos de control ciudadano, la escasa representación
efectiva de los territorios, la desconfianza creciente en las instituciones y,
en casos emblemáticos, como en el de La Guajira, la total falta de respeto por
la Diversidad Étnica y Cultural y el ninguneo en materia de participación
política. Por esas y otras elementales razones, la búsqueda de un gran acuerdo nacional no sólo debería
contemplar las reglas constitucionales sobre cómo se tiene que distribuir el
poder para evitar que se siga concentrando en familias, clanes o partidos, sino para que los territorios tengan una participación
real en las decisiones nacionales.
A manera de abrebocas, una propuesta seria sobre ese nuevo equilibrio territorial debería
dejar claro el tema de las competencias,
en el sentido de que el llamado Poder Nacional
mantenga las competencias exclusivas
en Defensa, Relaciones Exteriores, Política Monetaria, Grandes
Infraestructuras Estratégicas, Regulación Macroeconómica, configurándose un
nuevo y sólido Poder Regional con competencias reforzadas en Planeación
Territorial, Agua, Energía, Educación Territorial, Salud Territorial y Desarrollo
Productivo Regional, de la misma manera que efectivizar un real Poder Comunitario, especialmente
relevante para pueblos indígenas y afrodescendientes, en los que funcionen a la
perfección El Gobierno Propio, Justicia Propia dentro de los límites constitucionales,
Gestión de sus Recursos Comunitarios y Participación Vinculante en decisiones
que afecten sus territorios.
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