Explico mi voto:
Por Armando Pérez Araújo
En primer lugar, reconocer
que sólo hay dos nítidas opciones en el juego electoral del próximo veintiuno
de junio: Cepeda, por un lado, apertrechado con las charreteras de su impecable
y evidente trayectoria de luchador social y político, que constituye su itinerario
y agenda de reconocido Defensor de los Derechos Humanos, asunto que lo hace
diferente e inequívocamente nuestra única convicción electoral, con más veras si
la otra candidatura, de ninguna manera atractiva y coherente, representa absolutamente
todo lo contrario a intereses de negros e indígenas que a lo largo de mi vida
he venido defendiendo y promoviendo. Puedo decir, entonces, que para decidir mi
voto por Cepeda tuve la ventaja de que su contrincante me la puso fácil, toda
vez que su facundia y verborrágica manera de expresarse y mostrar sus
intenciones y programas me reveló y anticipó sus estratégicas y no muy sanas intenciones,
en caso de llegar a ser elegido presidente. El rival de Cepeda, por ejemplo, para
alardear su pensamiento político no tuvo que desgranar públicamente sus
intenciones en auditorios de universidades públicas y privadas colombianas,
tampoco en los del empresariado colombiano o de los sindicatos de los
trabajadores, ni siquiera a través de sus discursos en las audiencias de los tribunales
y cortes del país, tampoco escribir columnas en revistas o periódicos
especializados, para exhibir su vocación entreguista a la más ambiciosa
potencia extranjera, porque sus explícitas y estridentes manifestaciones de adulador
y apologista del poderío norteamericano en sus redes sociales, fueron
suficientes para saber que no estaba a favor de los intereses de la patria
nuestra, sino del lado de los intereses de la patria que él juró defender, los
de la patria gringa, que ni siquiera son los de la patria del pueblo
norteamericano, sino, los de los potentados estadunidenses regidos por los intereses
inferiores de sus transnacionales negocios. Además, el competidor de Cepeda, me
sirvió en bandeja su anuncio y clara amenaza contra el corazón de las minorías
colombianas, cuando en su lenguaje chabacano difundió como una de sus tontas peroratas,
en términos de seguridad pública interna, diciendo que él “no come de negro
ni de indio”, queriendo advertir con ello que él desconoce y rechaza el rutinario
tratamiento constitucional, flexible y democrático que las autoridades
nacionales le han venido otorgando a indígenas y afrodescendientes, en
desarrollo del transversal principio de respeto a la diversidad étnica y
cultural, cuando salen o salgan a las calles a protestar o reclamar por sus
derechos e intereses conculcados. A ciertos
amigos míos, de esos que se las pasan pegados a las redes, sin mayores filtros
éticos e intelectuales, se les ocurrió pretender ensuciar las probabilidades electorales
de Cepeda con las máculas y prontuarios de conspicuos miembros ciertamente cercanos
de su campaña local, incluso, de pretenderlos asociar con la génesis de esa candidatura
presidencial, pretensión de ninguna manera aceptable, inclusive, de querer injustamente
achacárselos al gobierno del presidente Petro. A ellos tuve que pararlos en
seco y explicarles con la mayor facilidad que al gobierno del Presidente Petro,
arribaron buenos y malos, atraídos por una amplia apertura democrática, también
por el amplio abanico de beneficios sociales del primer gobierno de izquierda,
incluso, en gran medida por eso, y también por errores aceptados por el propio
presidente Petro como suyos, como haber montado al curubito del gobierno
nacional a personajes de pésimos antecedentes y dudoso desempeño como la
exministra Cecilia López y el exministro Ocampo, quienes de contera cargan con
el lastre de haber contribuido hace cuarenta años al despojo de tierras del
pueblo wayuu para obsequiárselas ilegalmente a la familia Rockefeller, con la
finalidad de hacer lo que después fue Puerto Bolívar, asunto que dio lugar al
trámite restitutorio de tierras que cursa en el despacho del señor presidente,
dentro de una petición nuestra para corregir ese equívoco, a propósito del
Cierre de Mina justo y ético que defendemos. O, aquélla pifia de haberle
obsequiado ingenuamente a su ministro del interior de entonces, caracterizado
político santista, Prada, la facultad de designar a su gusto gobernador para La
Guajira, para reemplazar al destituido Nemesio, decisión que desarrolló con
esmerado sesgo. Igualmente, no hallé obstáculos para convencer a mi pequeño
grupo de amigos votantes que Petro, ni mucho menos Cepeda, tienen que ver con
la responsabilidad política que probablemente sí le cabe a gran parte de los
dirigentes políticos del departamento por la división local de la izquierda y
algunos temas eminentemente éticos de la política doméstica. Ah, y lo más convincente
y demoledor de mis argumentos fue decirles y explicarles que nada de lo que
decía el adversario de Cepeda contra éste gozaba de la más mínima credibilidad
y, contrario sensu, las afirmaciones del barbilindo, al momento de irse a
verificar resultaban siendo desmentidas por él mismo, por ejemplo, cuando
reconoció no haber nacido en un pueblo campesino del departamento de Córdoba,
sino en una fría clínica del norte de la ciudad de Bogotá. No deseo seguir,
para no meterme en otras honduras, sólo explicar mi voto a la presidencia por
Iván Cepeda y por Ayda Quilcué a la Vicepresidencia.
