CIERRES DE CAMPAÑA, SIN VERGÜENZA
Por Armando Pérez Araújo*
Las campañas políticas, o lo que se
conoce como tales, son una clara demostración de riqueza y de poder, en muchos
casos extravagantes y contraproducentes abusos y humillación. Al mismo tiempo son
una demostración ilimitada de la capacidad de exceso de poder y vanidades de
sus protagonistas locales. Los políticos, o lo que se conoce como tales,
aprovechan el desorden y la proliferación de hazañas abusivas de ostentación para
realizar y exhibir ridículas alianzas prohibidas. No es difícil descubrir la
doble o triple militancia en la que incurren presumidos personajes de la fauna
local. La mesura y el respeto por los valores y principios no se usan en nuestras
campañas criollas, desaparecen por completo, al contrario, quienes deberían
exhibirse cuidadosos, discretos y dueños de la mayor pulcritud, aprovechan sus
campañas políticas para mostrarse más desabrochados en el alarde de gastos y jactancias,
sin importarles los riesgos éticos de su destitución que aumentan cada vez más ante
las cortes. Aprovechan para lucir como faraones criollos con la desesperada
necesidad de extremar sus ínfulas y humos. Fácilmente, en casos como el de La
Guajira, donde es evidente que hay una captura institucional por parte de
ciertos políticos, se percibe que hay apropiación indebida de recursos y, peor
que eso, ostentación deliberada del poder económico derivado del poder
político. Aquí, donde la gente lucha por sobrevivir, resulta moralmente
inaceptable que desde el poder se exhiba riqueza como símbolo de autoridad. Produce
asco que el poder político, obtenido con recursos públicos, se convierta en
plataforma de ostentación económica frente a comunidades con sus necesidades
básicas insatisfechas. La suntuosidad del poder económico en la política
local no es liderazgo: es dominación. El fenómeno extático es lo que ocurre en
el llamado cierre de campaña, una
especie de festival de humillaciones, en donde a unos se les obligan a asistir,
a otros les pagan para acudir y aplaudir. Es la manifestación del pus, la supuración
de la llaga en la política.
Hemos llegado
a la conclusión de que lo que es peor para la sociedad, peor que la enorme
extravagancia de los llamados políticos, que son simples traficantes del hambre,
la sed y el desempleo crónicos, son los intermediarios, que se hacen llamar
líderes o dirigentes en las respectivas comunidades, porque son éstos los que
no permiten que las comunidades se liberen del miedo y de la costumbre de
aceptar lo inaceptable.
Mi invitación,
para las elecciones del próximo ocho de marzo y para siempre, es que entendamos
que ningún poder sería tan arrogante si fuésemos capaces de vencer la
tolerancia a su alrededor. Debemos aprender que el abuso del poder se alimenta
principalmente de quienes lo celebran, o justifican o se benefician de él.
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Candidato al Senado de la República.