Poseemos Problemas
Por Armando
Pérez Araújo
Lo voy a decir desde un principio y sin ambages, refiriéndome
a lo palpado en La Guajira y sin descartar que lo mismo hubiese ocurrido en el
resto del país. No ganó el tigre en la primera vuelta porque hizo mejor campaña
que Cepeda. No señor. Cepeda fue más lúcido y certero durante toda la campaña,
era eso, precisamente, lo que inequívocamente registraban las encuestas. Digámoslo
también de arrancada, es absolutamente errado repetir el desacertado
diagnóstico de que a Cepeda no le lucía bien el uso del famoso papelito para leer sus discursos.
Déjenme decirles que fue mucho mejor el beneficio del rigor y seriedad del nunca
bien ponderado papelito que el papelón del efímero ganador de la primera
vuelta, porque éste se limitó a alborotar el cotarro político y jamás a exponer
sus tesis de transformación o cambio, salvo la clara regresividad de sus
posturas y su antipático, monotemático y militar firme por la patria. Falso de toda falsedad que el panterino
depredador sea un nuevo exponente de la larga lista de verdaderos oradores
políticos colombianos, como lo fueron los llamados Leopardos, Rojas Garrido,
Laureano Gómez, Gaitán, Galán, Lara Bonilla, Holmes Trujillo, Santofimio,
etcétera, sin restarle méritos a sus dotes actorales de abogado penalista al
colega Abelardo, que es muy probable que sea su ámbito y hábitat natural. Lo cierto
es que Cepeda tiene y tuvo un buen discurso oratórico, mejor en la campaña que
el de todos sus contendores, independiente de que no se le reconozca al papelito su papel demoledor como
emblemático símbolo de su rigor formalote e intelectual.
Repito, sin pretender hacer de nuestro aserto una
tesis política nacional, prefiero destacar que lo ocurrido en la debacle
electoral de ayer, caso de La Guajira, tiene una elemental conexión y génesis con
en el coletazo de la poderosa y exclusiva, algunos dicen que excluyente, lista cerrada del partido de gobierno en
las pasadas elecciones de senado. Debo advertir que no deseo referirme al
tópico relacionado con los estragos de la respetable conformación de la lista
para el senado, me niego a tratar ese extremo de la discusión. Prefiero cuestionar
la fatal desconexión administrativa de los centralizados poderes nacionales del
partido de gobierno con los resortes locales de la campaña electoral del candidato
Cepeda. Faltan tres semanas para dirimir el pleito entre los extremos de las
dos nuevas versiones, ojalá, bajándole el tono a las ofensas personales y a
concretar con claridad las respectivas banderas programáticas. Personalmente,
prefiero a un Cepeda acudiendo al papelito y seguir esbozando con la mayor
cantidad de detalles los elementos de su propuesta, además, me gustaría ver a
Fajardo entre los postulados por Cepeda para Ministro de Relaciones Exteriores,
a Jaime Araújo Rentería, desde ahora anunciado como Ministro de Justicia, para
decir lo que debería pasar con este par de ejemplos. Al primero, excelente y
experimentado político, reconocido como una ficha sin mácula, al otro, ni se
diga, jurista de alto turmequé, político, intelectual, independiente, decente,
comprometido con las causas de una nueva y descentralizada democracia, costeño.
A propósito
de los méritos que sugiero que sean reconocidos para el jurista vallenato,
tengo que llamar la atención sobre la terrible descachada del deslucido
Abelardo, quien pretender desacreditar al candidato Iván Cepeda, diciendo en su
discurso de anoche, desde el improvisado planchón, a la orilla de la parte más
pestilente del Río Magdalena, que éste no mostraba a su familia, dizque la
tenía escondida. Nada más falso, incoherente e irrespetuoso que eso, pletórico de
total desfachatez, diríase en buen y delicado lenguaje castellano. Los padres
de Iván Cepeda, lo sabemos los colombianos, antes de éste ser candidato a la Presidencia
de la República, desde siempre, han sido reconocidos como emblemas morales y
éticos de nuestra democracia. El padre, senador de la República distinguido, indiscutible
buscador de la paz de Colombia, ha estado en idearios y agenda de los demócratas
colombianos en las últimas décadas de la historia. Su señora madre, importante
mujer de la intelectualidad colombiana, perteneció a una distinguida y muy reconocida
familia del departamento de Sucre. Ambos se encuentran en los anales de la
historia.