Apuntes para un debate:
1- Debemos distinguir entre la cuestión
coyuntural del fenómeno mediático de la prensa, sumada la reacción
explosiva de las redes sociales y el asunto eminentemente estructural de
la profunda marginalidad, pobreza y hambre de La Guajira. Permítaseme
hablar sólo de La Guajira Wayuu, que es donde hoy está encuadrado el
debate nacional.
2- Dentro del nivel NO estructural podríamos
incluir la que hemos denominado corrupción contemporánea, es decir, todo
lo que se ha dicho que ocurre en el ICBF, el inservible Sistema de
Salud Pública, la politiquería de las entidades territoriales, el
fenómeno del niño, los prolongados veranos del desierto, etc. Incluso,
si quisiéramos, podríamos enlistar en esa categoría o rango a todo lo
malo que se diga del presidente Maduro y su explicable cierre de
frontera, lo mismo que los hábitos electorales de la peor politiquería
nacional que han contagiado e invadido la mismísima cultura Wayuu.
3- Es imposible eludir a la hora de un serio y profundo debate público
el riguroso examen de las responsabilidades colectivas, grupales e
individuales, aunque ese debería ser el principal reto de los organismos
de control, los cuales, dicho sea de paso, también han incurrido en
evidente complicidad y encubrimiento, por lo menos en grave omisión de
sus funciones. Y si quisiéramos detenernos en el examen académico de los
orígenes de la corrupción republicana, que parecería ser sistémica,
estaríamos forzados a encontrar en el cogollo del despelote a
importantes actores y partidos de la política nacional. Claramente, no
se trata de justificar, defender o exculpar a los jefes políticos de La
Guajira, pero sí de contextualizar correctamente el análisis y derivar
de ese propósito unas conclusiones serias sobre un tema que tiene raíces
nacionales. Ojalá tengamos la suerte que del estudio que haga el
Sistema Interamericano de los Derechos Humanos se desprendan órdenes a
las autoridades colombianas correspondientes, por parte de la Comisión o
la Corte, las cuales podrían arrojar las luces indispensables para
dilucidar mejor las violaciones y enderezar el rumbo.
4- Pero
tratemos de llegar al meollo del tema y veamos cual es el problema
estructural que más temprano que tarde habrá de abordarse por diferentes
caminos para corregir la marginalidad y otros males que terminan en los
dramáticos niveles de desnutrición, muerte y la peor degradación de la
Dignidad Humana:
4.1 Empecemos afirmando y reconociendo que el
Pueblo Wayuu tiene una basta y compleja territorialidad en Colombia y
Venezuela. El municipio de Uribia, capital indígena de Colombia,
solamente tiene una extensión de casi 9000 kilómetros cuadrados y es la
entidad territorial de mayor área en el Departamento de La Guajira.
Agreguémosle a la anterior realidad los índices geográficos y
demográficos de Manaure, gran parte de Riohacha, Maicao, Albania, Hato
Nuevo, Barrancas, Fonseca, Distracción, principalmente. Y para
aproximarnos a una idea del contexto sociológico y complejidad del
problema, digamos que es de tal magnitud el potencial poblacional Wayuu
en el hermano país que solamente en la ciudad de Maracaibo existen no
menos de setenta populosos barrios habitados por familias de la etnia (
colombo venezolanas ), aparte del alto número de habitantes de Mara,
Sinamaica, Moján, Paraguaipoa, Guarero, Carretal, Guana, Machiques y
muchas veredas y rancherías de esta frontera caracterizadamente Wayuu.
Pongámonos de acuerdo entonces en que no es posible analizar
unilateralmente la crisis del Pueblo Wayuu si no lo hacemos mirando lo
que ocurre en su rigurosa dinámica binacional, máxime si la singular
característica política, cultural y geográfica del pueblo indígena nos
obliga a comprender el indispensable contexto integral de la etnia. Eso
también explica en bastante medida la generalizada aseveración de que el
cierre abrupto de la frontera colombo venezolana en el Zulia,
constituye un quiebre en la economía de la población indígena,
precipitando los lamentables niveles de desabastecimiento,
hambre,desnutrición y muertes asociadas a estos fenómenos. Digamos que
es un error afirmar que esta es la causa más importante del fenómeno de
desnutrición y sus peores consecuencias, como lo sería prescindir de
ella a la hora del análisis profundo y concreto. Se desprende de lo
anteriormente dicho que siendo válido el aserto mencionado, también deberá serlo que
antes de que ocurriera el aludido cierre fronterizo el relativo
bienestar del pueblo indígena emanaba de las gangas y privilegios
originados en la economía y tolerancia venezolanas.
4.2 Hemos
afirmado con frecuencia, y ahora con más razón, a propósito de la crisis
alimentaria actual, que a La Guajira Wayuu no sólo se le ha negado el
goce efectivo de adecuados y eficientes Sistemas de Salud Pública y de
Bienestar Social, sino que también de manera increíble la mayoría de sus
Derechos Fundamentales Especiales.
4.2.1 Comencemos diciendo, a
manera de prefacio, que es simplemente inaceptable, desde la óptica del
respeto de los Derechos Humanos Internacionales, que el ser humano Wayuu
tenga la increíble y triste necesidad de usar simultáneamente dos
cédulas de ciudadanía, una colombiana y otra venezolana, para
desenvolverse en uno u otro país, dentro su territorio ancestral. Aquí
no hay un simple problema de doble identificación, de falsa
identificación, que se prestaría y se presta para todo tipo de
irregularidades y conjeturas, mucho menos un saludable ejercicio de la
doble nacionalidad, sino un desastroso atentado contra el Derecho a la
Identidad Personal, lo cual es sumamente grave, en la medida en que de
contera se atropella el Interés Superior del Niño, consagrado
internacionalmente como un derecho absolutamente respetable. Consecuente
con lo anterior es menester introducir urgentemente una norma
binacional consensuada por ambos países para remplazar el histórico
adefesio identitario por una Cédula Única Wayuu, de la cual se
desprendan derechos y deberes ciudadanos respecto a Colombia y
Venezuela, los cuales deberán reglar mediante tratado semejante
violación a los Derechos Humanos. De no hacerse voluntariamente, habría
que esperar una orden internacional en el mismo sentido de la Corte
Interamericana de los Derechos Humanos, para corregir este primer
entuerto estructural y estratégico del Pueblo Wayuu que incide
profundamente en la vida de sus habitantes.
4.2.2 A este drama le
tenemos que sumar la degradación de la Identidad Colectiva del Pueblo
Wayuu proveniente del menosprecio constitucional y desdén gubernamental,
circunstancias estructurales que hacen nugatorio el concepto jurídico y
político de Pueblo y convierten la la importante etnia en una simple
montonera de personas o individualidades diferentes. Nótese cómo
indeliberadamente, pero de manera reiterada e inveterada, se hacen
referencias a la Comunidad Wayuu para aludir al Pueblo Wayuu.
Aparentemente es un tema de retórica política, pero es realmente un
asunto estructural y de fondo del funcionamiento de los Estados respecto
al tratamiento de sus deberes constitucionales frente a un pueblo de
tanta jerarquía sociocultural. Sin adecuar los Estados ( Colombia y
Venezuela ) a una razonable modificación, edificada consensualmente con
los líderes y jefes de la etnia, será imposible instalar debidamente el
respeto a la Diversidad Étnica y Cultural, la Autonomía con todas sus
arandelas en materia de Competencias, el Derecho Electoral Propio, el
Autogobierno, etcétera.
lunes, 22 de febrero de 2016
miércoles, 4 de noviembre de 2015
CIÉNAGA GRANDE DEL MUNDO
LA CIENAGA
GRANDE
Hicimos un
recorrido por la Ciénaga Grande de Santa Marta, en un plan de entretenimiento y
verificación de las recientes denuncias sobre los ataques a que ha sido
sometida su estructura ecológica. No fue necesario medir con instrumentos la
ciénaga para comprobar lo que está sucediendo, en términos de catástrofe
ambiental. En este país del Sagrado Corazón se han estado robando a pedazos
este lugar declarado reserva de la biosfera mundial por la Unesco y clasificado
como sito Ramsar por sus características ecológicas especiales. Y no se han
estado robando la ciénaga con alambre de púa y papel sellado, como ocurría con
los despojos habituales en el resto del país, sino con buldóceres,
retroexcavadoras y bombas de succión, con el fin de desecar los humedales y
convertirlos en haciendas ganaderas y extensas fincas sembradas de palma. Es posible
que parte de esta orquestación de estatales y particulares hubiese estado
acompañada de acciones criminales de los paramilitares como las masacres
perpetradas en los pueblos palafíticos de Trojas de Cataca y Nueva Venecia (año
2000). A estas alturas del desastre mundial, la ciénaga debería llamarse
Ciénaga Grande del Mundo y no simplemente de Santa Marta, el Procurador General
de la Nación, en vez de estar jodiendo contra la paz, debería haber
implementado expedientes y sanciones ejemplares, además, coadyuvar a la
Superintendencia de Notariado para que les sean restituidas a la sociedad
internacional las numerosas hectáreas amputadas a la estructura ecológica de
esta riqueza de la humanidad.
lunes, 2 de noviembre de 2015
El Derecho Incompleto. Cédula Wayuu
DERECHO
INCOMPLETO, la cédula wayuu. (1)
Recientemente el periodista José Orellano, quien hace un
maravilloso trabajo periodístico en su blog www.elmuellecaribe.com, me comprometió con la idea de divulgar y abanderar lo que
en alguna ocasión académica denominamos EL DERECHO INCOMPLETO. El nombre del
tema surgió en La Habana, Cuba, hace un par de años, cuando fui invitado a un
foro internacional de abogados para tratar una materia de actualidad y de gran
jerarquía como es lo atinente el DIH, es decir, el derecho que rige las reglas
internacionales del marco humanitario de la guerra. En esa ocasión, con la
venia del exigente y respetable auditorio, me aparté del diseño original de mi
ponencia y expresé la necesidad de que los abogados del mundo, pero los
colombianos de manera especial y con mucha más razón, deberíamos entrenarnos en
colaborar en la ingeniería de la paz, en las reglas para la paz. La
circunstancia me obligó, pues coincidía con los inicios de las conversaciones
de la Paz colombiana en La Habana y, además, porque era evidente la necesidad
de que quienes militábamos en la defensa de ese gran propósito nacional,
expresáramos nuestro apoyo específico a través de propuestas concretas, es
decir, en LAS REGLAS PARA LA PAZ. Cuando me referí a las Reglas para Paz hice especial énfasis en las reglas
para afianzar la paz, que son o tendrán que ser partes de un nivel superior de
política de Estado sobre el establecimiento de la paz permanente, es decir, un
escenario intelectual, especialmente jurídico, donde sea posible edificar las
garantías efectivas que hagan imposible el regreso del conflicto armado
colombiano. El sentido de este elemental planteo es que la paz no podemos
considerarla como el simple logro de la redacción y firma de un documento de
contenido exhaustivo y repleto de magníficas intenciones. Muy a pesar de
nuestra condición de abogado, o por esa misma condición, tendremos que defender
la tesis de que las reglas para la paz, además de los indispensables ajustes
propios de la construcción de la paz, deberían ocuparse del Derecho Incompleto,
del Derecho que no existe en la práctica.
De manera
particular me referiré al Derecho Incompleto de La Guajira indígena colombo
venezolana, es decir, carencias en materia de derechos y garantías del
mayoritario pueblo indígena asentado en la hermosa península, no obstante los
avances retóricos de la normatividad constitucional y en un sentido más amplio
del bloque de constitucionalidad que nos rige respecto a dichos temas. Además de
la obligación que se desprende de nuestra condición de residente y trabajador
en Derechos Humanos en La Guajira, también hemos escogido esta parte de la sociedad
colombiana para realizar nuestro aporte porque esta es un territorio dentro del
concierto suramericano que podríamos clasificar como de altísima sensibilidad
geopolítica. Dicho de otra manera más práctica y pedagógica: si es cierto que
La Guajira colombo venezolana constituye o podría constituir un atractivo para
los hacedores de la guerra, no puede ser menos cierto que también deberá ser de
interés para quienes estemos del lado de procurar la ingeniería jurídica para
consolidar la paz duradera.
LA IDENTIDAD:
Si hay algo que constituye una afrenta para la paz
de cualquier sociedad en el mundo moderno es el desconocimiento de la Dignidad
Humana, peor si se irrespeta simultáneamente con otros derechos igualmente
importantes como la IDENTIDAD. La Identidad, es un Derecho Humano que en La
Guajira es permanentemente violado, tanto en su dimensión PERSONAL como
COLECTIVA. La mayoría de las personas del pueblo Wayuu, por ejemplo, tienen dos
cédulas de ciudadanía, una expedida por la autoridad venezolana y otra por la
colombiana. Y no se trata de la tantas veces cacareada doble nacionalidad. No.
Cada una de esas cédulas contiene una información diferente, es decir, lugar de
nacimiento diferente, en muchos casos nombres distintos y padres también
diferentes. Esto ocurre para realizar la dinámica normal de movilidad dentro de
su propio territorio ancestral, que por definición es territorio
caracterizadamente colombo venezolano. Algo, además, que nadie discute en
Colombia ni en Venezuela. Cómo es posible que ciudadanos nacidos en uno u otro
país tengan que recurrir a la generosidad y comprensión de respetables señoras
de nacionalidad diferente a la suya para optar por la falsa condición de hijo
de éstas y de tal manera acceder a una identificación distinta a la original. Es
un fenómeno de crasa doble identificación pero, además, conlleva algo más grave
que eso que es atentar contra el esencial Derecho Humano a la Identidad
Personal, individual y colectiva del pueblo indígena Wayuu, considerado uno de
los dos más importantes y numerosos de Colombia y Venezuela.
Hace más grave este fenómeno de simple "doble
cedulación" el hecho de que las toneladas de cédulas gemelas que circulan
en el territorio étnico representan el gran mercado electorero de las mafias políticas
de uno y otro país, sin contar con otras arandelas que conllevan graves
implicaciones al tema de la seguridad fronteriza. Esto que ocurre con el
derecho a la Identidad Personal y Colectiva del Pueblo Wayuu es lo menos
parecido al respeto a la Diversidad Étnica y Cultural.
¡SOLUCIÓN! Para este vacío enorme basta que los
gobiernos de ambos países acuerden la expedición de la CÉDULA ÚNICA WAYUU, de
conformidad a un instrumento binacional, inspirado en las normas internas de la
etnia sobre el funcionamiento del parentesco e identidad del Pueblo Wayuu, de
tal manera que el nuevo documento de identificación no sólo resuelva el asunto
relativo a la movilidad legal dentro del territorio ancestral, sino que les
permita alcanzar un estatus efectivo y real de ciudadanía e identidad. Luego de
este primer paso surgirán temas relacionados con la Autonomía Indígena y otros
asuntos que plantearemos en este espacio de debate. Señores Presidentes Santos
y Maduro, aquí tienen en bandeja una solución sencilla para una compleja
situación violatoria de los Derechos Humanos de todo un pueblo indígena.
jueves, 15 de octubre de 2015
DIOMEDES, víctima de la sociedad.
Es legítima la discusión sobre si se le otorga o no un reconocimiento a la obra artística de Diomedes Díaz. No faltaba más, es el Congreso de la República el escenario para este y otros tipos de debates. Lo que no debería suceder es que a propósito de la exaltación de su obra artística se revivan lamentables episodios de la accidentada vida personal del tremendo cantante y compositor. Bajo la gravedad de juramento me adelanto a expresar lo siguiente: En el Congreso de la República no hay un parlamentario, uno solo, de la izquierda o de la derecha, que pueda decir que jamás bailó y se deleitó con la música y poesía del formidable artista guajiro, antes o después de las acusaciones o conjeturas que se tejieron en su contra, a raíz de los evidentes escándalos que trascendieron. En gracia de discusión, y en vista de que es inevitable el debate que ya está encendido, se me ocurre sugerirles a los Honorables Representantes revisar el contexto social de la vida personal del niño y del ciudadano colombiano que luego se formó como extraordinario y fenomenal cantante y compositor, así las novelas o telenovelas ayuden o hubiesen ayudado a volver trizas su siempre discutido prestigio personal. El discreto aporte que deseo sugerir a la edificación del ideal justo contexto es el siguiente: que no se les olvide, a la hora del juzgamiento de su vida personal, que el joven Diomedes Díaz, cuando apenas despuntaba como cantante, cuando comenzó a hacer sus primeros pininos artísticos, tuvo que desenvolverse inevitablemente en el medio contemporáneo de su época. Era nada menos ni nada más que la fase explosiva de la marimba. De la mano del marimbero, que fue una versión legítima, obviamente ilegal, de lo que hoy constituye el execrable y censurable delito internacional del narcotráfico. Fue en ese escenario sicosocial que el joven guajiro se desenvolvió, cuando la sociedad de la costa celebraba con ruido y extravagancias musicales el silente y libre ejercicio de los poderosos traficantes del interior y el exterior del país. Cuando la respetable y prestigiosa Iglesia Católica, a través de sus pastores, bendecía fincas y mansiones de marimberos, grandes y pequeños. Era el momento en el que la revista Time afirmaba que “las multimillonarias ganancias de los narcotraficantes ya no van a sus bolsillos sino que se invierten en las bolsas de Bogotá, Tokio o Nueva York o se destinan a empresas prestigiosas”. En ese mundo de malas influencias, desafortunadamente legitimadas, se forjó el hombre y sobresalió el poeta, descolló el cantante y, gústenos o no, se catapultó el género musical del vallenato, cuyos atributos no admiten discusión alguna. Cuando la sociedad estaba cruzada de brazos y amancebada con las influencias del narcotráfico, cuando gran parte de nuestra juventud se alistaba para engrosar tantas bandas criminales, unas armadas y otras amangualadas en los diferentes escenarios, la política no es la excepción, Diomedes, sin la orientación de ninguna agencia estatal, en medio de tanto mal ejemplo generalizado, logró imponerse como el gran Cacique de La Junta, pese a defectos y censuras.
Estoy seguro que la Cámara se ingeniará, sin hipocresía alguna, para redactar un buen homenaje a Diomedes Díaz, a su obra artística, que habla por sí sola. Si no hay mayorías para eso, no hay nada que hacer. Lo que no puede suceder es que el debate serio se eluda, se desvíe o se degrade por carencia de un justo contexto.
Es legítima la discusión sobre si se le otorga o no un reconocimiento a la obra artística de Diomedes Díaz. No faltaba más, es el Congreso de la República el escenario para este y otros tipos de debates. Lo que no debería suceder es que a propósito de la exaltación de su obra artística se revivan lamentables episodios de la accidentada vida personal del tremendo cantante y compositor. Bajo la gravedad de juramento me adelanto a expresar lo siguiente: En el Congreso de la República no hay un parlamentario, uno solo, de la izquierda o de la derecha, que pueda decir que jamás bailó y se deleitó con la música y poesía del formidable artista guajiro, antes o después de las acusaciones o conjeturas que se tejieron en su contra, a raíz de los evidentes escándalos que trascendieron. En gracia de discusión, y en vista de que es inevitable el debate que ya está encendido, se me ocurre sugerirles a los Honorables Representantes revisar el contexto social de la vida personal del niño y del ciudadano colombiano que luego se formó como extraordinario y fenomenal cantante y compositor, así las novelas o telenovelas ayuden o hubiesen ayudado a volver trizas su siempre discutido prestigio personal. El discreto aporte que deseo sugerir a la edificación del ideal justo contexto es el siguiente: que no se les olvide, a la hora del juzgamiento de su vida personal, que el joven Diomedes Díaz, cuando apenas despuntaba como cantante, cuando comenzó a hacer sus primeros pininos artísticos, tuvo que desenvolverse inevitablemente en el medio contemporáneo de su época. Era nada menos ni nada más que la fase explosiva de la marimba. De la mano del marimbero, que fue una versión legítima, obviamente ilegal, de lo que hoy constituye el execrable y censurable delito internacional del narcotráfico. Fue en ese escenario sicosocial que el joven guajiro se desenvolvió, cuando la sociedad de la costa celebraba con ruido y extravagancias musicales el silente y libre ejercicio de los poderosos traficantes del interior y el exterior del país. Cuando la respetable y prestigiosa Iglesia Católica, a través de sus pastores, bendecía fincas y mansiones de marimberos, grandes y pequeños. Era el momento en el que la revista Time afirmaba que “las multimillonarias ganancias de los narcotraficantes ya no van a sus bolsillos sino que se invierten en las bolsas de Bogotá, Tokio o Nueva York o se destinan a empresas prestigiosas”. En ese mundo de malas influencias, desafortunadamente legitimadas, se forjó el hombre y sobresalió el poeta, descolló el cantante y, gústenos o no, se catapultó el género musical del vallenato, cuyos atributos no admiten discusión alguna. Cuando la sociedad estaba cruzada de brazos y amancebada con las influencias del narcotráfico, cuando gran parte de nuestra juventud se alistaba para engrosar tantas bandas criminales, unas armadas y otras amangualadas en los diferentes escenarios, la política no es la excepción, Diomedes, sin la orientación de ninguna agencia estatal, en medio de tanto mal ejemplo generalizado, logró imponerse como el gran Cacique de La Junta, pese a defectos y censuras.
Estoy seguro que la Cámara se ingeniará, sin hipocresía alguna, para redactar un buen homenaje a Diomedes Díaz, a su obra artística, que habla por sí sola. Si no hay mayorías para eso, no hay nada que hacer. Lo que no puede suceder es que el debate serio se eluda, se desvíe o se degrade por carencia de un justo contexto.
PALABREROS, MADURO Y SANTOS
Creo que me puedo imaginar un probable y pintoresco escenario en el que un Palabrero Wayuu interceda entre uno y otro presidente, abogando por la paz ente ambos gobiernos. A Santos, recibiéndole al palabrero la palabra enviada por Maduro sobre el calificativo grosero que aquél hiciera de éste de comportarse como un soberano payaso. También la queja transportada en la solemne palabra de otro reputado palabrero wayuu, a través de la cual Santos le recrimina a Maduro haberlo amenazado con derrotarlo en cualquier tablado de jurisdicción internacional de naciones o de personas naturales. Y, mientras eso ocurría, entre el ámbito de versados palabreros, la cosa se calentaba más y aumentaba el entre ellos el intercambio de opiniones personales sobre la verdadera intención del jefe de Estado colombiano de simplemente querer asustar a Maduro, cuando dijo que el Fiscal Montealegre llevaría el caso de las deportaciones ilegales a la Corte Penal Internacional, a sabiendas que ello era claramente improcedente, o cuando se referían a la proverbial incontinencia verbal del Procurador Ordóñez, que esta vez llegó al extremo de amenazar a Maduro con pedir su captura a la CPI, como si en el fondo de tanto desacierto se tratara de ridiculizar más de lo necesario la improductiva estrategia de Santos, su antagónico y contradictor político, pues también sonaba evidente su absoluta improcedencia ante el organismo de La Haya. Es decir, que no todo era en serio, ni mal intencionado. El asunto, de todas maneras, se convirtió rápidamente en un tremendo correveidile por las mutuas sindicaciones sobre responsabilidades de ambos gobiernos en el control del contrabando que sale de Venezuela. Que si el control de los bachaqueros lo debió hacer Maduro o si lo debió hacer Santos. Que si los pimpineros son obra del uno o del otro. Que si fue que la canciller Holguín se descuidó con el voto de Panamá y por tanto es la responsable de que el asunto no hubiese pasado de la instancia de la OEA. Que en la OEA le hubiese ido peor a Santos, que Colombia no puede eludir su responsabilidad por los cinco millones de desplazados internos por la violencia armada y el hambre y la misma cantidad de externos por iguales razones, que ahora se descubre estaban o están en Venezuela. Que si fue que la canciller Rodríguez dijo que el narcotráfico comienza en Colombia, pero que también sigue campante por Venezuela, según la réplica de la canciller Holguín.
Lo que no he podido imaginarme es cómo manejarían los hábiles palabreros wayuu su imparcial vocería cuando les toque a ellos, a los wayuu, sacarles los trapos al sol a ambos Estados, por cuenta de los históricos trancazos recibidos por los dos gobiernos al territorio étnico, a su integridad física y jurídica, por las trabas a su movilidad, al comercio fronterizo e intraétnico legítimos. Por el simple y desastroso hecho de tener que moverse dentro de Venezuela con una cédula diferente a la que usan en jurisdicción de Colombia, dentro del propio territorio wayuu, y viceversa, unas veces con fechas de nacimiento diferentes, o con nombres o apellidos diferentes, o colocando a madres o padres que no lo son para acceder dizque legalmente al documento de identificación válido. Es eso un inverosímil atentado sin precedentes a la Dignidad Humana, al Interés Superior del Niño y a la Identidad Colectiva del pueblo indígena wayuu, cultural y numéricamente respetable. Este escenario de franqueza deberá tener la oportunidad ahora, en el próximo escenario de concordia y reconstrucción de la confianza entre los dos países hermanos. Un buen comienzo será proponer y redactar un articulito para que mediante Tratado o Convenio de Colombia y Venezuela se le dé vida a una cédula de ciudadanía binacional.
Creo que me puedo imaginar un probable y pintoresco escenario en el que un Palabrero Wayuu interceda entre uno y otro presidente, abogando por la paz ente ambos gobiernos. A Santos, recibiéndole al palabrero la palabra enviada por Maduro sobre el calificativo grosero que aquél hiciera de éste de comportarse como un soberano payaso. También la queja transportada en la solemne palabra de otro reputado palabrero wayuu, a través de la cual Santos le recrimina a Maduro haberlo amenazado con derrotarlo en cualquier tablado de jurisdicción internacional de naciones o de personas naturales. Y, mientras eso ocurría, entre el ámbito de versados palabreros, la cosa se calentaba más y aumentaba el entre ellos el intercambio de opiniones personales sobre la verdadera intención del jefe de Estado colombiano de simplemente querer asustar a Maduro, cuando dijo que el Fiscal Montealegre llevaría el caso de las deportaciones ilegales a la Corte Penal Internacional, a sabiendas que ello era claramente improcedente, o cuando se referían a la proverbial incontinencia verbal del Procurador Ordóñez, que esta vez llegó al extremo de amenazar a Maduro con pedir su captura a la CPI, como si en el fondo de tanto desacierto se tratara de ridiculizar más de lo necesario la improductiva estrategia de Santos, su antagónico y contradictor político, pues también sonaba evidente su absoluta improcedencia ante el organismo de La Haya. Es decir, que no todo era en serio, ni mal intencionado. El asunto, de todas maneras, se convirtió rápidamente en un tremendo correveidile por las mutuas sindicaciones sobre responsabilidades de ambos gobiernos en el control del contrabando que sale de Venezuela. Que si el control de los bachaqueros lo debió hacer Maduro o si lo debió hacer Santos. Que si los pimpineros son obra del uno o del otro. Que si fue que la canciller Holguín se descuidó con el voto de Panamá y por tanto es la responsable de que el asunto no hubiese pasado de la instancia de la OEA. Que en la OEA le hubiese ido peor a Santos, que Colombia no puede eludir su responsabilidad por los cinco millones de desplazados internos por la violencia armada y el hambre y la misma cantidad de externos por iguales razones, que ahora se descubre estaban o están en Venezuela. Que si fue que la canciller Rodríguez dijo que el narcotráfico comienza en Colombia, pero que también sigue campante por Venezuela, según la réplica de la canciller Holguín.
Lo que no he podido imaginarme es cómo manejarían los hábiles palabreros wayuu su imparcial vocería cuando les toque a ellos, a los wayuu, sacarles los trapos al sol a ambos Estados, por cuenta de los históricos trancazos recibidos por los dos gobiernos al territorio étnico, a su integridad física y jurídica, por las trabas a su movilidad, al comercio fronterizo e intraétnico legítimos. Por el simple y desastroso hecho de tener que moverse dentro de Venezuela con una cédula diferente a la que usan en jurisdicción de Colombia, dentro del propio territorio wayuu, y viceversa, unas veces con fechas de nacimiento diferentes, o con nombres o apellidos diferentes, o colocando a madres o padres que no lo son para acceder dizque legalmente al documento de identificación válido. Es eso un inverosímil atentado sin precedentes a la Dignidad Humana, al Interés Superior del Niño y a la Identidad Colectiva del pueblo indígena wayuu, cultural y numéricamente respetable. Este escenario de franqueza deberá tener la oportunidad ahora, en el próximo escenario de concordia y reconstrucción de la confianza entre los dos países hermanos. Un buen comienzo será proponer y redactar un articulito para que mediante Tratado o Convenio de Colombia y Venezuela se le dé vida a una cédula de ciudadanía binacional.
FRONTERA Y ROTO
Necesitamos
diferenciar entre frontera y roto para colegir que lo que necesitaba Maduro era
tapar o remendar el roto y no cerrar la frontera con el país hermano, máxime si
el llamado cierre implica medidas perturbadoras de la territorialidad indígena,
así se pregone lo contrario. Quienes vivimos en zona de esta frontera
entendemos que era útil y legítimo para los venezolanos tapar el hueco que
había en la frontera física. Sería necio e injusto no reconocer el alcance de
este fenómeno de descomunales proporciones. El país debe saber que ese desangre
de la economía venezolana no sólo golpeaba los niveles mínimos de
abastecimiento interno del hermano país, sino que introducía ingredientes de
desestabilización a informales economías como la de Maicao y muchas otras
poblaciones de la costa. Un hecho anecdótico, cuyo desenlace me produjo
indignación, pero que sirve para ilustrar el fenómeno es el siguiente: un pan
venezolano que en las calles de Maicao costaba normalmente, antes de la crisis,
$7.000 cada uno, en momentos del apogeo del roto, estudiantes del vecino país
lo venían a vender por menos de $2.000, cada uno (3X5). Muy pronto, el alcalde
y la policía nuestra expulsó o deportó a los estudiantes, máximo cinco
vendedores, que traían el delicioso pan venezolano para rebuscarse la vida. Lo
que me indignó fue la rapidez con la que actuaron nuestras autoridades para
atacar al inofensivo fenómeno migratorio. A lo mejor actuaron dentro del marco
de la ley, que es lo más triste, mientras impávidos veíamos pasar camiones y
tracto mulas con todo tipo de mercancías y personas. Mi amigo Héctor, que
acostumbraba comprar los tres panes para no llegar a Mingueo con las manos
vacías ante sus tres nietos, se sintió ofendido en lo personal y me dijo: no
son capaces nuestros alcaldes y policías de canalizar estos beneficios de la
dieta de los guajiros, pero sí se hacen los de la vista gorda para ver pasar
los grandes volúmenes que salen del roto venezolano. Volviendo al inicio:
bastaba con tapar el hueco y curar el roto. No era necesario sentar el
precedente de cerrar la frontera, con todo lo que ello implica.
BOMBA DE
TIEMPO (8)
No me produjo ninguna satisfacción haber descubierto el agua
tibia, es decir, haber comprobado en nuestro oportuno diagnóstico los
ingredientes de la creciente y explosiva crisis de la frontera con Venezuela,
particularmente del lado de La Guajira. Esa certidumbre y el sonoro rifirrafe
de la semana pasada entre presidentes y cancillerías nos dejaron varias
lecturas, destacando entre ellas el predominio del fenómeno jerárquico de los
medios de comunicación y redes sociales sobre el buen juicio que debería
imponerse en la orientación de los gobernantes de ambos lados. En consecuencia
se hace menester ahora, ratificarnos y profundizar en lo que creemos ha sido
esencial en el análisis, que es que al PUEBLO WAYUU le están faltando las
fundamentales garantías que, precisamente, se dice tiene la etnia en los
artículos de nuestra Constitución Política y en nuestro bloque de
constitucionalidad, para referirnos sólo a lo que corresponde a la parte
colombiana. Hoy no podemos prescindir del examen del respetable y atractivo
anuncio político del Presidente Maduro, a propósito de ordenar el cierre de la
frontera a la altura de Paraguachón, de aprovechar para luchar por las libertades
del pueblo indígena y acabar con sus problemas ancestrales y contemporáneos,
especialmente garantizarle su libre movilidad en territorio fronterizo. Suponiendo
que tanta belleza sea verdad, o sea, que ello ocurra de forma fluida,
correctamente, y se desarrolle de manera estricta, también la circunstancia nos
permitirá transparentar con mayor claridad el mismo punto de la siguiente
manera: en primer lugar, vamos a referirnos al quimérico paraíso prometido por
la doctrina social de Maduro, que convertiría el caótico territorio de hoy, en
soñado escenario de múltiples garantías y derechos, suponiendo que tanta
belleza sea verdad, insisto, y no hay razón para dudarlo. En segundo lugar, la
pregunta que necesariamente nos surge a borbotones es la siguiente: ¿qué pasará
con la otra parte, la parte del territorio étnico dominada por la jurisdicción
colombiana?. Ahí está el detalle, como dijera el célebre humorista mejicano,
pero cualquiera que sea la respuesta hallada no modificará muy poco las
conclusiones fáciles a que hemos llegado, a saber: a) se consolidará la ruptura
del territorio wayuu, así se prediquen y practiquen la cacareada libertad de
tránsito terrestre y otras garantías propias del pueblo indígena; b) se
fracturará aún más la integridad autonómica del pueblo wayuu y se estimulará el
creciente ritmo de la pérdida de la identidad colectiva del pueblo wayuu; y c)
la conclusión más importante de todas será que no habrá ninguna decisión
unilateral que sirva. Sólo podrán asegurarse temas como la autonomía, la
dignidad humana, la identidad étnica, la integridad territorial, en fin, la
seguridad jurídica del pueblo indígena, si todos estos derechos y garantías se
otorgan mediante la suscripción de un instrumento internacional vinculante.,
suscrito por los dos estados nacionales.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)