viernes, 27 de febrero de 2026

 

LOS TURCOS EN MAICAO (3)

Por Armando Pérez Araújo*

Algunos turcos, tal vez la mayoría, le tienen pánico a la irreductible inestabilidad jurídica del comercio en La Guajira, que también es la inestabilidad de ellos, realmente. Ese presentimiento o diagnóstico fatalista de su propio proyecto de vida no contribuye a la prosperidad del territorio, incluyendo, obviamente, la suerte del estamento árabe. Lo malo de esa postura, digamos que lo peor de esa teoría pesimista sobre el vaivén de la economía de La Guajira, es que de tanto repetirse ese absurdo sociológico, tiende a transformarse en una especie de certidumbre diagnóstica que termina siendo reconocida como regla, incluso, asumida como carga natural y sistémica por los mismos turcos en el ejercicio continuo y tranquilo de su actividad comercial fronteriza. Hemos afirmado que ese miedo o temores son legítimos y justificados, y que no pocos turcos han sido perseguidos, incluso, encarcelados, como consecuencia de la inseguridad jurídica de la normatividad aduanera y fiscal que frena el desarrollo y atormenta a todo el departamento de La Guajira para efectos de su estabilidad comercial, portuaria y fronteriza. La economía de La Guajira ha sido de antaño estimulada a los trancazos, desde aquellas épocas de la canción de Escalona, El almirante Padilla, narrando el sufrimiento del célebre Tite Socarrás en aquellos eventos contrabandísticos del viejo Puerto López, o la del Contrabandista del imaginario de Sergio Moya Molina, cuando el poeta apostaba a ganar a punta de suerte su incómoda y peligrosa aventura comercial por terrenos desérticos de la Alta Guajira el amor de su linda negra, superando alcabalas, guardias y demás trabas de su arriesgado recorrido de entonces. Todo eso sucedía cuando la aventura del llamado contrabando era materia de versos, cantos y poesías, claro, también de tremendos sufrimientos, persecuciones a tiros y del acoso extorsivo de la corrupción de aquella época. Muy pocas cosas han mejorado para los turcos y para los demás habitantes de La Guajira, peor para el pueblo nativo, en materia de estabilidad ciudadana. El Estado colombiano, es decir, la política colombiana se ha mantenido invariablemente en una posición discriminatoria respecto a los derechos territoriales de La Guajira. Eso lo estamos repitiendo en esta serie de artículos y habrá que seguirlo haciendo hasta que seamos capaces de remover las primitivas y vetustas estructuras del modelo alcabalero, decomisador y corrupto que desconoce nada menos que la territorial indígena que es el eje jurídico mayor del funcionamiento de cualquier actividad fundamental en este ámbito territorial.

Estamos promoviendo la necesidad de que el recurso humano árabe se reúna y se articule con los dueños del territorio y con otros habitantes y actores de La Guajira, autóctonos y de otros rincones del país para enderezar lo que pareciera que está mal encaminado y definitivamente torcido. Me explico: los fenómenos de la nueva economía que se asoman en esta zona del país lucen amenazantes para el tambaleante estatus comercial de Maicao y de otras actividades del resto del departamento. Por ejemplo, la ubicación y dinámica de lo que sería el funcionamiento y operación de cincuenta y siete o más parques eólicos, tal vez sesenta y cinco, y sus arandelas complementarias, vale decir, dos mil y pico aerogeneradores gigantes, torres de transmisión de energía, subestaciones, otro tipo de redes, campamentos, vías privadas, talleres, parqueaderos, hoteles, clubes, restaurantes, estaciones regulares de combustibles, zonas obligatorias de protección ambiental, cuarteles militares y de policía, playas privadas y clubes, puertos privados, etcétera, que arbitraria e irresponsablemente se proyectan para la Alta y Media Guajira constituyen una amenaza fatal para la economía basada en el turismo y el comercio, entre otras actividades. Estamos hablando de un mínimo de cuarenta y cinco mil hectáreas de propiedad del territorio ancestral del pueblo indígena, que están desde ya comprometidas con la conformación arbitraria de dichos proyectos que estorbarían directamente a por lo menos, a doscientas ochenta y ocho comunidades wayuu. En algunos lugares del mundo este tipo de exabruptos convirtieron lugares de tranquilidad y sosiego, como es La Guajira de hoy, en zonas de todo tipo de conflictos. El ejemplo de Oaxaca en México, con los parques eólicos establecidos en las cercanías del istmo de Tehuantepec, sin ninguna comprensión y consideración con los pueblos indígenas del lugar es un referente que ayudará a realizar una buena pedagogía al respecto.  En los próximos artículos explicaré, con plastilina y nuevos ejemplos, cómo podría afectarse el bolsillo de los turcos y de toda la sociedad aquí asentada con los nuevos e ilegales disparates, estimulados desde adentro y desde afuera. Mientras tantos los políticos no dicen esta boca es mía.

*Candidato al Senado de la República

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