LOS TURCOS EN MAICAO
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Por Armando Pérez Araújo*
Algunos turcos, tal vez la mayoría, le tienen pánico a la irreductible
inestabilidad jurídica del comercio en La Guajira, que también es la inestabilidad
de ellos, realmente. Ese presentimiento o diagnóstico fatalista de su propio
proyecto de vida no contribuye a la prosperidad del territorio, incluyendo,
obviamente, la suerte del estamento árabe. Lo malo de esa postura, digamos que
lo peor de esa teoría pesimista sobre el vaivén de la economía de La Guajira,
es que de tanto repetirse ese absurdo sociológico, tiende a transformarse en
una especie de certidumbre diagnóstica que termina siendo reconocida como regla,
incluso, asumida como carga natural y sistémica por los mismos turcos en el
ejercicio continuo y tranquilo de su actividad comercial fronteriza. Hemos
afirmado que ese miedo o temores son legítimos y justificados, y que no pocos
turcos han sido perseguidos, incluso, encarcelados, como consecuencia de la inseguridad
jurídica de la normatividad aduanera y fiscal que frena el desarrollo y
atormenta a todo el departamento de La Guajira para efectos de su estabilidad
comercial, portuaria y fronteriza. La economía de La Guajira ha sido de antaño
estimulada a los trancazos, desde aquellas épocas de la canción de Escalona, El
almirante Padilla, narrando el sufrimiento del célebre Tite Socarrás en
aquellos eventos contrabandísticos del viejo Puerto López, o la del Contrabandista
del imaginario de Sergio Moya Molina, cuando el poeta apostaba a ganar a punta
de suerte su incómoda y peligrosa aventura comercial por terrenos desérticos de
la Alta Guajira el amor de su linda negra, superando alcabalas, guardias y
demás trabas de su arriesgado recorrido de entonces. Todo eso sucedía cuando la
aventura del llamado contrabando era materia de versos, cantos y poesías,
claro, también de tremendos sufrimientos, persecuciones a tiros y del acoso
extorsivo de la corrupción de aquella época. Muy pocas cosas han mejorado para
los turcos y para los demás habitantes de La Guajira, peor para el pueblo
nativo, en materia de estabilidad ciudadana. El Estado colombiano, es decir, la
política colombiana se ha mantenido invariablemente en una posición
discriminatoria respecto a los derechos territoriales de La Guajira. Eso lo
estamos repitiendo en esta serie de artículos y habrá que seguirlo haciendo
hasta que seamos capaces de remover las primitivas y vetustas estructuras del
modelo alcabalero, decomisador y corrupto que desconoce nada menos que la
territorial indígena que es el eje jurídico mayor del funcionamiento de
cualquier actividad fundamental en este ámbito territorial.
Estamos promoviendo la necesidad de que el recurso humano
árabe se reúna y se articule con los dueños del territorio y con otros
habitantes y actores de La Guajira, autóctonos y de otros rincones del país
para enderezar lo que pareciera que está mal encaminado y definitivamente
torcido. Me explico: los fenómenos de la nueva economía que se asoman en esta
zona del país lucen amenazantes para el tambaleante estatus comercial de Maicao
y de otras actividades del resto del departamento. Por ejemplo, la ubicación y
dinámica de lo que sería el funcionamiento y operación de cincuenta y siete o
más parques eólicos, tal vez sesenta y cinco, y sus arandelas complementarias,
vale decir, dos mil y pico aerogeneradores gigantes, torres de transmisión de
energía, subestaciones, otro tipo de redes, campamentos, vías privadas,
talleres, parqueaderos, hoteles, clubes, restaurantes, estaciones regulares de
combustibles, zonas obligatorias de protección ambiental, cuarteles militares y
de policía, playas privadas y clubes, puertos privados, etcétera, que
arbitraria e irresponsablemente se proyectan para la Alta y Media Guajira
constituyen una amenaza fatal para la economía basada en el turismo y el
comercio, entre otras actividades. Estamos hablando de un mínimo de cuarenta y cinco
mil hectáreas de propiedad del territorio ancestral del pueblo indígena, que
están desde ya comprometidas con la conformación arbitraria de dichos proyectos
que estorbarían directamente a por lo menos, a doscientas ochenta y ocho
comunidades wayuu. En algunos lugares del mundo este tipo de exabruptos
convirtieron lugares de tranquilidad y sosiego, como es La Guajira de hoy, en
zonas de todo tipo de conflictos. El ejemplo de Oaxaca en México, con los parques
eólicos establecidos en las cercanías del istmo de Tehuantepec, sin ninguna
comprensión y consideración con los pueblos indígenas del lugar es un referente
que ayudará a realizar una buena pedagogía al respecto. En los próximos artículos explicaré, con
plastilina y nuevos ejemplos, cómo podría afectarse el bolsillo de los turcos y
de toda la sociedad aquí asentada con los nuevos e ilegales disparates,
estimulados desde adentro y desde afuera. Mientras tantos los políticos no
dicen esta boca es mía.
*Candidato al Senado de la República
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