jueves, 26 de febrero de 2026

 

LOS TURCOS EN MAICAO (1)

Por Armando Pérez Araújo

Los turcos en Maicao, o los turcos de Maicao, como se prefiera, corresponden a una errada denominación que se le ha dado a una importante población árabe que se asentó en la hoy ciudad de Maicao desde hace muchos años. Los que llegaron primero fueron palestinos, después los libaneses que son los que constituyeron un fundamental componente social y económico en Maicao y en toda La Guajira. También, bajo la misma denominación llegaron de Jordania, Arabia, Egipto, Siria y otros países, incluso de la región de Nueva Esparta e Isla Margarita, Venezuela, donde residen y trabajan muchos árabes de diferentes troncos familiares y territoriales. Hace años llegaron algunos de los verdaderos turcos a La Guajira integrantes de la petrolera turca Turish Petroleum Company, queriendo incursionar en la exploración de gas en alrededores de Cucurumana, zona rural de Riohacha, quienes, dicho sea de paso, también les echaron el ojo a las potencialidades económicas del turismo en La Guajira. Después será que nos referiremos con más detalles sobre la suerte de estos verdaderos turcos y las expectativas reales y verdaderas de La Guajira al respecto. Sigamos de nuevo con nuestros turcos de Maicao que es lo que ahora nos interesa descubrir para los lectores. Recordemos que hay quienes dicen que el gentilicio o apodo de turcos se debe a que los primeros árabes que llegaron al país se ampararon en documentación del Imperio Otomano, aunque ahora, por lo menos en lo que respecta a La Guajira, el remoquete de turco dejó de ser despectivo, no ofende a nadie y pertenece al lenguaje cotidiano y afectivo del buen trato intercultural. Incluso, hay quienes se refieren a Maicao como la ciudad de los turcos, lo cual denota el grado de integración identitaria que se percibe desde afuera entre la colonia árabe y los guajiros, frente al resto de la población del país. Recordemos que muchas de estas familias árabes entraron por la puerta grande de Puerto Colombia y desde ahí se fueron desplazando hasta los diferentes rincones de la costa y el país. Algunos que venían para el norte de La Guajira se quedaron en Ciénaga, otros en Santa Marta, unos se fueron para las promisorias tierras de las orillas del río Magdalena, no pocos para para las sabanas de Bolívar, en fin, habría que establecer las particulares motivaciones de este fenómeno de migración dispersa y simultánea. Es muy probable que en algunos momentos el grueso de población árabe migrante pudo haber tenido relación causal con las recurrentes guerras que les tocó soportar a los libaneses, principalmente. Muy parecido a lo que ha estado ocurriendo con migrantes venezolanos que salieron espantados por los recurrentes bloqueos de las potencias extranjeras y otras poderosas razones. Ese fenómeno migratorio está lleno de anécdotas y de historias que muchos no las conocen, también de testimonios, de esfuerzos, sacrificios, luchas y pruebas de cómo llegaron a Maicao decenas de familias emprendedoras que han contribuido a forjar con firmeza el incipiente desarrollo de la península, así haya sido a punta de tesón, carajazos y tropiezos por falta de garantías del Estado colombiano, o de presencia estatal, si se prefiere decir así, sutilmente. Me contaba mi amigo Teby una anécdota que habla muy bien del ingenio fenicio de aquellos primeros hombres guerreros del comercio nato, que ocurrió cuando entraron los primeros árabes por Puerto Colombia, llegaron a Barranquilla y luego realizaban las rutas hasta Maicao, atravesando el río en el Ferry, siguiendo hasta La Guajira en mulas por las orillas del Caribe y la Sierra Nevada de Santa Marta o dando la vuelta por Fundación y Valledupar. Me dice Teby que una de las tantas trabas, tal vez la más poderosa en ese momento que encontraron en el camino de la esperanza estos jóvenes aventureros, sus abuelos, fue la inevitable barrera lingüística del complicado idioma castellano. La suerte estaba echada y no tuvieron otra opción que acudir al ingenio propio del ser humano, cada vez que algo especial les sucedía a esos primeros turcos de Maicao. El primer traspié lo consiguieron en los alares de la vieja Barranquilla, muy cerca de lo que hoy es el mercado público de esa capital. Iban de casa en casa distribuyendo sus telas, introduciendo en la zona una eficaz herramienta del comercio como fue la de vender a crédito o a plazos, el famoso fiao. Sin que el deudor o deudora se diera cuenta, con la mayor delicadeza y prudencia del caso, en idioma árabe o hebreo, en alguna parte de la pared de la casa del cliente comprador, el árabe vendedor escribía los detalles de la mercancía acreditada y el dinero que le salían a deber los dueños de esa residencia. Era un inofensivo registro contable que sólo ellos entendían. Hoy sus nietos narran la historia del fiasco que se llevaban sus abuelos, cuando llegó diciembre y encontraron todas las casas pintadas y sus anotaciones y cuentas borradas, porque no sabían nada de la consuetudinaria práctica cultural de los barranquilleros de pintar cada año sus casas apenas llegaba el mes de diciembre.

 La gran mayoría de esta comunidad árabe pertenece originalmente a familias trabajadoras del campo en su país. Indudablemente que la principal y común característica de ellos hoy es el comercio, sin desconocer que hay muchos hijos y nietos de esos primeros árabes que han descollado en espacios de las ciencias y otras disciplinas. La fortaleza de la comunidad árabe en Maicao es de tales proporciones hoy en día que en otros escenarios hemos afirmado que hay que reinventar el relacionamiento estatal con los árabes de Maicao y el de estos con el aparato estatal colombiano. Dicho de otra manera: el Estado nacional, La Guajira, como entidad territorial departamental, los municipios Uribia, Manaure y Maicao y la comunidad árabe, están desperdiciando las potencialidades que provienen del universo étnico y diverso que caracteriza a esta promisoria región colombiana. El estamento árabe guajiro, si se le puede llamar de esa manera, debería ser objeto de una especial reinserción económica a la sociedad colombiana y guajira, luego de que se reconsideren los pesos y contrapesos territoriales y constitucionales que corresponden a la ecuación étnica, social y económica en la que están sociológicamente insertados desde su llegada.

Los llamados turcos de Maicao han sido protagonistas de más de cincuenta años de historia. Han sabido lidiar con las tremendas diferencias culturales frente al pueblo wayuu y en algunos episodios han actuado como aliados. Recordemos que una de tantas aventuras en las que actuaron aliados árabes y wayuu fue en aquella suscitada por los anuncios y expedición del decreto que creó el Nuevo Estatuto Aduanero, según el cual se prohibía el ingreso de electrodomésticos, cigarrillo y licores por Bahía Portete, puerto natural y territorial indígena muy importante para el desarrollo económico de La Guajira y de muchas economías de familias de la costa. Se llegó a decir en aquél momento que la vehemencia con la actuaba la entremetida directora de la Dian de la época de origen judío, Fanny Kertzman, obedecía a superiores sentimientos presuntamente religiosos contra los poderosos árabes que controlaban el comercio de Maicao, dizque porque éstos pertenecían a la abrahámica religión musulmana. Algunos medios de comunicación que irresponsablemente azuzaban la probabilidad de esa tesis, intentaban agravar el de por sí complejo pleito entre gobierno y comerciantes de Maicao, sugiriendo que en el fondo de todo se trataba de los comienzos de la versión local de una nueva guerra santa.

No olvidemos que grandes comerciantes de La Guajira, y aquí van incluidos los emprendedores wayuu y criollos, enseñaron y respaldaron de muchas maneras a expertos árabes, quienes trajeron su caudal de tradiciones euroasiáticas en el comercio internacional, para aportarlas a una creciente actividad donde los wayuu ponían la principal parte en el negocio que era la territorialidad del pueblo indígena, que en la práctica era igual a colocar al servicio de esa gran sociedad comercial, la dinámica de una especie de zona franca con respaldo del derecho internacional de los Derechos Humanos. La historia fue confirmando la efectividad de la franquicia del aporte wayuu y la importancia del empuje de los herederos de la pericia otomana en la suerte del comercio de Maicao y en sus implicaciones determinantes en el desarrollo económico del departamento de La Guajira. En medio de esos trotes colectivos de la nueva economía sucedieron muchos fenómenos episódicos u ocasionales, como aquellos en los que algunos guajiros destacados, individualmente considerados o preponderantes, también ocurría con algunos turcos, sin tantos parapetos, requisitos o papeleos, cuando con una llamada por radioteléfono obtenían que se les despacharan el mismo día del pedido barcos repletos de mercancías de Aruba o Panamá, o que un ciudadano wayuu emprendedor y sobresaliente en el comercio internacional, como fue el caso de nuestro buen amigo José Luis Iguarán, QEPD, quien tuvo que ir personalmente a Moscú a realizar una difícil transacción de millones dólares con los rusos para poder defender su negocio de cigarrillos y wishky, y poder defenderse legítimamente frente a las complejas estructuras financieras de fuertes proveedores de Panamá, Aruba o Curazao. Repito, fueron fenómenos episódicos y esporádicos, protagonizados por el talento superior de destacadas individualidades nativas que ocurrían de vez en cuando, porque la gran verdad es que la gran sabiduría financiera internacional fue introducida por avezados árabes que dominaban mares y mercados de América, Europa y Asia.

En esa espontánea y natural sociedad comercial conformada por la etnia wayuu y los llamados turcos de Maicao, hay que resaltarlo con la mayor claridad, el mayor aporte, digamos que el indispensable aporte, lo hizo y lo sigue haciendo, el pueblo wayuu, prestando o facilitando el espacio físico, social y jurídico de su territorio étnico, vale decir, puertos, caminos, trochas y fronteras con Venezuela y el Caribe, para el fortalecimiento de una actividad que habría sido imposible de otra manera. No significa lo anterior que otros componentes humanos de la diversa sociedad colombiana, asentados principalmente en Maicao, no hayan participado de esta gran empresa territorial que con el paso del tiempo se volvió poderosa e influyente, que luego el país entero ha venido bautizándola y criminalizándola con el inapropiado estigma del Contrabando. Aquí tengo que detenerme un poco para explicar lo grave que ha resultado para la actividad comercial el mote delincuencial de contrabandistas a turcos y guajiros, asunto especialmente grave para la suerte social y económica de esta gran empresa comercial y natural que tambalea y que se desmorona por pedazos, sin que sus principales socios se den por notificados y se pellizquen adecuadamente. En primer lugar debemos afirmar que el descubrimiento de tantos ingredientes o valores geoeconómicos de lo que es hoy constituyen los rentables potenciales de Maicao, fue producto de un proceso colectivo de indígenas y familias criollas que hallaron en este punto de la geografía de la frontera, el lugar de encuentro entre corrientes de la economía de venezolanos, habitantes del sur y norte de toda la península. Afirmar que el coronel Rodolfo Morales fundó a Maicao en 1927 es una aseveración muy arriesgada, porque es obvio que en este lugar ya estaban conformadas las poblaciones wayuu, incuso, personas de otras etnias indígenas. Lo cierto es que ese momento es un referente, lo mismo que el año 1935 cuando se aprueba que Maicao ya sería un Corregimiento. Un poco más tarde, digamos que a partir de 1946 es cuando comienzan a llegar a Maicao los árabes palestinos y polacos, ente ellos Juan Abraham Hani Abuchaibe y su hermano Elías, quienes después de ingresar al país se establecieron un tiempo en Ciénaga, Magdalena, antes de arribar a Maicao. También es un referente junio de 1955, cuando Maicao es elevado a la categoría de Municipio.

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