martes, 18 de enero de 2011

Lo Pintoresco de La Guajira (Por Cristian Valencia, tomado de El Tiempo)

Todo el mundo lo sabe. Lo dicen en El Congreso, como nombran popularmente a ese parque Padilla donde se mueve la verdadera opinión de los riohacheros. Lo dicen en Uribia también. En los taxis, en los buses, en los colectivos. Lo dicen los pescadores y los wayús. Todo el mundo lo dice y todo el mundo lo sabe. Desde tiempos inmemoriales lo han sabido.

Y saben también que lo pueden comentar por ahí en las calles, en el cotilleo de los parques, cualquier parte sirve mientras las verdades no se hagan públicas en los medios masivos, sobre todo en los nacionales. Porque si se llega a saber de quién viene la delación o el chisme, ¡bang-bang!, y sellado el asunto.

Lo que dicen es que "la corrupción nos tiene así". Y, ¿qué es así? Pues como se puede ver a simple vista cuando cualquiera pasa por acá.

Y como no se puede ver a simple vista desde Bogotá, tan llena de burócratas que miran mapas y hacen planes estratégicos para una tierra que la mayoría desconoce por completo.

El departamento de La Guajira, el ricachón departamento de La Guajira, es pobre. En infraestructura, pobre; en educación, pobre; en seguridad alimentaria, pobre.

Los políticos locales podrán esgrimir las estadísticas más prósperas cuando presentan sus informes a la Nación, de esos informes donde figuran carreteras hechas y alcantarillados perfectos y acueductos como manantiales bíblicos, y ramilletes de escuelas, y hospitales uao.

Pero venga usted a La Guajira. Y trate de moverse de un pueblo a otro en transporte público. Póngase una cita en Nazareth en invierno, por ejemplo. O vaya usted mismo, como guajiro, y trate de sacar pecho cuando pase por rancherías paupérrimas, donde los niños levantan la mano por una hogaza de pan o una menta. Traten los guajiros de esgrimir orgullo por ese casi 40 por ciento de analfabetismo. Traten de decir a voz en cuello que son ricos porque gas natural, porque carbón, porque energía eólica, porque termoeléctrica, porque el Caribe abierto está ahí no más, sin flota pesquera local ni procesadores de harina de pescado, ni cuartos fríos ni nada, ni siquiera puerto que los ampare. Y es que ninguno de los muchos millones que dejan esos emporios se nota en La Guajira.

Y es una pena con los guajiros, porque de verdad tienen un departamento hermoso y millonario. Con todo para consolidarse como uno de los más pujantes del Caribe. Con gente capaz y hospitalaria que, infortunadamente, está acostumbrada a dar las gracias a los políticos cuando estos hacen su trabajo; o a hacer la corte frente a la gobernación de turno a ver qué tajadita les toca. Pareciera falta de compromiso o de sentido de pertenencia o de orgullo departamental. Y podría ser eso, cuando uno ve la migración de los más prósperos hacia Barranquilla, Santa Marta o Bogotá. Hasta los marimberos cuando tuvieron todo ese dinero abandonaron la ciudad. Se van a ser ricos a otra parte. Y Riohacha se parece a sus ausencias. Y Uribia, el municipio más grande de Colombia, a los hijos que no la habitan.

Pero vienen elecciones y todo esto se olvida. Como siempre, el avispero se neurotiza y comienzan los políticos a dejarse ver en las calles y plazas públicas. Llenos de promesas: esta vez sí, compadre, será un gobierno distinto, para la gente. Porque vamos a poner a La Guajira y a los guajiros en el sitio que se merecen, compadre. Entonces estallan las alabanzas, retruenan los aplausos y llueven los votos.

Los guajiros parecen condenados a lo pintoresco. Ese es el sitio que han forjado sus políticos para su gente. Y sabemos que la palabra "pintoresco" lleva en andas la miseria, pero con una sonrisa y una mochila multicolor.

Sabemos que bajo ese mote de pintoresco están la corrupción, la desidia y el abandono. El pintoresco subdesarrollo haciendo de las suyas en La Guajira.

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