sábado, 16 de julio de 2016

PAZ DURADERA


 PAZ DURADERA

Por: Armando Pérez Araújo

Veintitrés zonas veredales transitorias de normalización y ocho pequeños puntos de normalización denominados campamentos representan los sitios donde se concentrarán temporalmente los exguerrilleros de la FARC, llamémoslos así predictivamente, mientras que en el resto del país los colombianos deberemos emprender la lucha para ganar el plebiscito, o como se llame el mecanismo de refrendación de los acuerdos, y contribuir con determinación y buen ejemplo permanentes a que en el ejercicio de la política primen los valores de la democracia, el libre juego de las ideas y el debate civilizado. La tarea dentro de los treinta y un lugares de ubicación será ardua para el Gobierno Nacional, FARC y Naciones Unidas, pero mucho más exigente el volumen de compromisos del estado colombiano y la sociedad nacional que se generará en todo el territorio patrio. El meollo de este propósito consiste en entender que lo que está firmado hasta ahora es sólo el silencio de los fusiles y el fin de la guerra, también asumir que la paz no está pintada en el papel, que no se puede ver ni tocar, que la paz se hace, se edifica diariamente. Ese es el reto que tenemos los colombianos, construir la paz, claro, más fácil ahora que estamos en la ruta de consolidarla, a pesar de quienes irracionalmente se lucran de la guerra de manera evidente.

Otra gran pauta, suficientemente explicada y difundida, es que la paz del país se tendrá que construir a partir de cada territorio en particular, es decir, edificando las acciones respectivas con un enfoque territorial. Para explicar con plastilina lo que sería construir la paz para La Guajira como aporte a la paz duradera de toda Colombia, digamos, en primer lugar, que no será suficiente que los compatriotas de la EX FARC se congreguen temporalmente y juiciosos en las cuatro hectáreas del campamento de Fonseca, ni que el estado cumpla sus compromisos en ese perímetro, ni que la verificación impecable de las Naciones Unidas en materia de dejación de armas y fin del conflicto sea la prevista en los acuerdos de La Habana; que tampoco alcanzará la simple comprensión pasiva de la sociedad guajira con la vocación pacífica y democrática de quienes estuvieron haciendo la guerra durante casi sesenta años. Es menester, léase bien, construir una nueva democracia activa, con valores políticos diferentes, lo cual significa que la política tendrá que hacerse otorgándole respeto político real y efectivo a la diversidad étnica y cultural. Dicho de manera más pedagógica: que, independiente de los enclenques alcances de la Constitución del 91 y de la gran reforma electoral que clama el país para toda la nación, la sociedad departamental tendrá que consagrarse en la obtención de varios objetivos específicos, entre ellos, proponer, defender y construir un régimen electoral diferenciado para La Guajira. Vale decir, que la actividad que hoy conocemos como "hacer política", tendrá que transformarse en la defensa y permanente promoción de los derechos humanos de toda la sociedad. No de otra forma se alcanzará la paz duradera. Nótese que en esta disquisición pedagógica hemos eludido voluntariamente temas igualmente sensibles para la búsqueda de la paz como son los atinentes a la salud, educación, territorio, minería y ambiente, etcétera.   

 

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