jueves, 15 de octubre de 2015

BOMBA DE TIEMPO (6) Elecciones y Territorio.
Es hora de concluir, no hay tiempo que perder y tampoco tiene sentido seguir experimentando y teorizando con remiendos al actual modelo constitucional indígena que es novedosamente anacrónico, insuficiente y que evidentemente colapsó. Por lo menos eso ocurre en La Guajira. Sí, novedoso, porque está medio estrenándose su vigencia y aplicación, no obstante hallarse extemporáneo, inconcluso e inapropiado, técnicamente anacrónico. Pero, hablemos sólo de eso que se denomina coloquialmente elecciones en La Guajira, y que en algún momento habrá que llamarlo por su propio nombre, si es que tenemos el coraje lingüístico para hallarle la calificación justa y adecuada. No continuemos contribuyendo con el lenguaje de la calle a la misma mentira de siempre, es decir, a la creciente desaproximación de las propias posibilidades de crecimiento y desarrollo del departamento. Partamos de la base de que hemos comprendido y asumido la afirmación, según la cual, la contundente y visible territorialidad del pueblo wayuu (frontera indígena, comercio indígena, puertos indígenas, recursos turísticos y naturales indígenas, etc.,) otorga, o debería otorgar plenamente, al resto de la diversa sociedad de la península, la connotación y respetabilidad que vale la pena proteger, respetar y consagrar como una prelación. Partamos de esa base, pues, porque La Guajira no indígena, insisto, no podrá seguir pateando su excepcional lonchera, como se diría en el popular sentido figurado, haciendo lo que hace, cada vez con peor desfachatez, desperdiciando su verdadera potencialidad sociopolítica. Brevemente, recordemos algo: la trampa donde está enredada la suerte territorial de La Guajira consiste en haberse establecido como exitoso logro constitucional y gran verdad, sin serlo, el contenido de los artículos 286 y 287 de la Carta, que es una monumental incoherencia, para decirlo de la manera menos grave. Incoherencia total, entre lo más avanzado y sencillo, esto es, la vocación autonómica de las Entidades Territoriales, el Respeto a la Diversidad Étnica y Cultural, y las medias verdades encuadradas en el citado artículo de nuestra normatividad superior. Examinemos sin ningún apasionamiento el aserto anterior: 1- ¿será cierto lo que dice la Constitución, que los indígenas tienen el derecho a “gobernarse por autoridades propias”? Absolutamente falso; 2- será cierto lo que dice la Constitución, que los indígenas tienen el derecho a “ejercer las competencias que les correspondan”? Absolutamente falso; 3- será cierto, lo que dice la Constitución, que los indígenas tienen el derecho a “administrar los recursos y establecer los tributos necesarios para el cumplimiento de sus funciones”? Absolutamente falso; 4- será cierto, lo que dice la Constitución, que los indígenas tienen el derecho a “participar en las rentas nacionales”? Absolutamente falso; Lo cierto es que esta joda tiene que cambiar, como lo hemos afirmado en otras ocasiones, porque el constituyente del 91, en el caso específico de La Guajira, desencadenó la peor tormenta contra la estabilidad autonómica del pueblo wayuu y propició las condiciones para el surgimiento de gigantes grupos amamantados en la ubre de lo que debería ser la participación indígena en el presupuesto de la nación.
Al comienzo del artículo indiqué como propósito tratar el inminente tema electoral. Eso haré. Claro, no para llover sobre lo mojado, es decir, para denunciar que aquí le llamamos elecciones a la insólita transportación en cientos de camiones con miles de toneladas de seres humanos, negociados al por mayor, traídos de Venezuela, o llevados a Venezuela, y viceversa, llevados a la alta Guajira o traídos desde allá, da lo mismo si al sur o al norte, el sistema es flexible y lo permite, lo cual termina en un indigno conteo de inocentes seres humanos, con cédulas dizque aptas para votar, que viabilizará el ejercicio del poder como gobernantes o legisladores para los próximos períodos. Legisladores, aclaro, no sólo de La Guajira, muchas veces del resto del país, que llegan con mucho dinero, no importa el origen del dinero ni si son de un partido u otro, pero ellos son los que terminan torciéndole el pescuezo a los frágiles articulitos que revisten de un pálido tinte democrático a este salvaje modelo electoral, que cada vez se parece más a una institución de lo que muchos identifican como una esclavitud contemporánea.
Necesitamos revivir las esperanzas. La Colombia próxima, la que tendrá que llegar con sus maletas llenas de ideas para la paz, después que se acuerden cosas y temas en La Habana y Ecuador, no será compatible con este remedo de democracia que tenemos en La Guajira de hoy. Finalmente, pregunto: ¿será que en las propuestas de los aspirantes a gobernar y a legislar localmente, habrá algún compromiso que establezca el interés del hoy candidato o candidata de desmontar lo que tenemos?, a entregarle a los indígenas el timón de su propio desarrollo, como debería ocurrir en cualquier democracia del mundo?, a quitarle el poder real a alcaldes y contratistas sobre los dineros que la Constitución en su media lengua dice que es para reglar la vida autonómica de los indígenas? Averígüelo Vargas.

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