jueves, 15 de octubre de 2015

PALABREROS, MADURO Y SANTOS
Creo que me puedo imaginar un probable y pintoresco escenario en el que un Palabrero Wayuu interceda entre uno y otro presidente, abogando por la paz ente ambos gobiernos. A Santos, recibiéndole al palabrero la palabra enviada por Maduro sobre el calificativo grosero que aquél hiciera de éste de comportarse como un soberano payaso. También la queja transportada en la solemne palabra de otro reputado palabrero wayuu, a través de la cual Santos le recrimina a Maduro haberlo amenazado con derrotarlo en cualquier tablado de jurisdicción internacional de naciones o de personas naturales. Y, mientras eso ocurría, entre el ámbito de versados palabreros, la cosa se calentaba más y aumentaba el entre ellos el intercambio de opiniones personales sobre la verdadera intención del jefe de Estado colombiano de simplemente querer asustar a Maduro, cuando dijo que el Fiscal Montealegre llevaría el caso de las deportaciones ilegales a la Corte Penal Internacional, a sabiendas que ello era claramente improcedente, o cuando se referían a la proverbial incontinencia verbal del Procurador Ordóñez, que esta vez llegó al extremo de amenazar a Maduro con pedir su captura a la CPI, como si en el fondo de tanto desacierto se tratara de ridiculizar más de lo necesario la improductiva estrategia de Santos, su antagónico y contradictor político, pues también sonaba evidente su absoluta improcedencia ante el organismo de La Haya. Es decir, que no todo era en serio, ni mal intencionado. El asunto, de todas maneras, se convirtió rápidamente en un tremendo correveidile por las mutuas sindicaciones sobre responsabilidades de ambos gobiernos en el control del contrabando que sale de Venezuela. Que si el control de los bachaqueros lo debió hacer Maduro o si lo debió hacer Santos. Que si los pimpineros son obra del uno o del otro. Que si fue que la canciller Holguín se descuidó con el voto de Panamá y por tanto es la responsable de que el asunto no hubiese pasado de la instancia de la OEA. Que en la OEA le hubiese ido peor a Santos, que Colombia no puede eludir su responsabilidad por los cinco millones de desplazados internos por la violencia armada y el hambre y la misma cantidad de externos por iguales razones, que ahora se descubre estaban o están en Venezuela. Que si fue que la canciller Rodríguez dijo que el narcotráfico comienza en Colombia, pero que también sigue campante por Venezuela, según la réplica de la canciller Holguín.
Lo que no he podido imaginarme es cómo manejarían los hábiles palabreros wayuu su imparcial vocería cuando les toque a ellos, a los wayuu, sacarles los trapos al sol a ambos Estados, por cuenta de los históricos trancazos recibidos por los dos gobiernos al territorio étnico, a su integridad física y jurídica, por las trabas a su movilidad, al comercio fronterizo e intraétnico legítimos. Por el simple y desastroso hecho de tener que moverse dentro de Venezuela con una cédula diferente a la que usan en jurisdicción de Colombia, dentro del propio territorio wayuu, y viceversa, unas veces con fechas de nacimiento diferentes, o con nombres o apellidos diferentes, o colocando a madres o padres que no lo son para acceder dizque legalmente al documento de identificación válido. Es eso un inverosímil atentado sin precedentes a la Dignidad Humana, al Interés Superior del Niño y a la Identidad Colectiva del pueblo indígena wayuu, cultural y numéricamente respetable. Este escenario de franqueza deberá tener la oportunidad ahora, en el próximo escenario de concordia y reconstrucción de la confianza entre los dos países hermanos. Un buen comienzo será proponer y redactar un articulito para que mediante Tratado o Convenio de Colombia y Venezuela se le dé vida a una cédula de ciudadanía binacional.

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